Día del Trabajador · 1° de Mayo

El trabajo no se entrega, se defiende

Un manifiesto contra la precarización, el ajuste y la indiferencia institucional frente al avance sobre los derechos laborales.

En este Día del Trabajador no venimos a recitar frases tibias, ni a posar para la foto, ni a pedir permiso para decir lo evidente. Venimos a nombrar lo que otros quieren esconder bajo palabras prolijas: modernización, eficiencia, libertad, competitividad. Todas máscaras elegantes para una misma vieja crueldad: quitarle derechos al que trabaja para engordar la impunidad del que explota.

El gobierno de Javier Milei pretende vender como futuro lo que en realidad es retroceso. Nos habla de libertad mientras empuja reformas laborales que debilitan al trabajador, abaratan el despido, precarizan la vida y convierten la necesidad en obediencia. Una libertad rara, profundamente tramposa: libre el empleador para despedir, libre el mercado para disciplinar, libre el poderoso para imponer condiciones; pero el trabajador, cada vez más solo, más endeudado, más cansado y más obligado a aceptar lo inaceptable.

A esa barbarie le llaman reforma. Nosotros le decimos por su nombre: demolición de derechos.

A esa barbarie le llaman reforma. Nosotros le decimos por su nombre: demolición de derechos conquistados con lucha, cárcel, sangre, huelga, organización y memoria. Porque ningún derecho laboral cayó del cielo. La jornada limitada, el descanso, las vacaciones, la indemnización, la registración, la negociación colectiva, el salario digno y la protección contra el abuso no fueron regalos de ningún gobierno ni concesiones bondadosas del capital. Fueron arrancados por generaciones de trabajadores que entendieron que el pan sin dignidad es obediencia, y que el trabajo sin derechos es servidumbre con recibo de sueldo.

Y frente a este avance brutal, también hay que decirlo: la Justicia no puede seguir mirando desde el balcón de la historia.

Cuando los derechos se pulverizan por decreto, por ley regresiva o por interpretación complaciente, la demora judicial no es neutralidad: es complicidad por omisión.

Una sentencia que llega tarde, frente al hambre de una familia trabajadora, no repara; apenas certifica el daño. Una cautelar que duerme, una Corte que calcula, un tribunal que espera el clima político, son formas refinadas de abandono institucional.

No desconocemos las honrosas excepciones. Hubo jueces que pusieron límites. Hubo fallos que recordaron que la Constitución Nacional no es una servilleta del poder económico. Pero la defensa del trabajo no puede depender de heroicidades aisladas ni de expedientes que avanzan cuando el daño ya está hecho. El derecho laboral nació para equilibrar una relación desigual, no para decorar discursos mientras el más débil pierde salario, salud, estabilidad y futuro.

Este 1° de Mayo no es una fecha de almanaque. Es una advertencia. Si el trabajo se degrada, se degrada la Nación. Si el salario se pulveriza, se pulveriza la democracia. Si el empleado registrado se transforma en descartable, si el monotributo encubre dependencia, si el miedo reemplaza a la organización, entonces no estamos ante una reforma: estamos ante una restauración oligárquica con lenguaje de TikTok y motosierra.

El trabajador no es un costo Es quien sostiene la vida cotidiana de la Nación

Nos quieren convencer de que el trabajador es un costo. Mentira. El trabajador es quien sostiene la escuela, el hospital, la fábrica, el comercio, la ruta, el campo, la oficina, el Estado y la mesa familiar. Costo es la especulación. Costo es la timba financiera. Costo es la fuga. Costo es un poder político que gobierna contra los de abajo y después llama “casta” al jubilado, al docente, al obrero, al estatal, al enfermero, al empleado de comercio, al peón rural y al pibe que busca su primer trabajo.

Por eso hoy no celebramos mansamente. Hoy denunciamos. Denunciamos una reforma laboral que no moderniza: disciplina. Denunciamos un gobierno que confunde crueldad con coraje. Denunciamos una Justicia que, cuando vacila frente al poder, deja al trabajador solo frente al atropello. Denunciamos el cinismo de quienes hablan de libertad mientras fabrican dependencia económica, miedo patronal y silencio sindical.

Pero también afirmamos algo más fuerte: no pudieron antes y no podrán ahora borrar la memoria obrera de este país. Cada derecho tiene detrás una historia. Cada convenio colectivo tiene detrás una lucha. Cada indemnización tiene detrás una familia protegida frente al abuso. Cada huelga tiene detrás una dignidad que se negó a arrodillarse.

Este 1° de Mayo no pedimos clemencia. Exigimos respeto. No rogamos derechos. Los defendemos. No aceptamos que el futuro sea volver al pasado. La Argentina no se reconstruye sobre trabajadores pobres, sindicatos debilitados y jueces indiferentes. La Argentina se reconstruye con salario, producción, justicia social, negociación colectiva y dignidad laboral.

Porque cuando el poder avanza sobre el trabajo, no está atacando un artículo de la ley: está atacando la vida concreta de millones.

Y cuando un pueblo trabajador se pone de pie, no hay motosierra que alcance.

El trabajo no se entrega.

La dignidad no se negocia.

Los derechos no se mendigan.

Este 1° de Mayo, la clase trabajadora vuelve a decir presente.