Hay cosas que no se dicen en voz alta. Que el fútbol argentino fue privatizado no solo en sus derechos de transmisión, sino en su relato, en su estética, en su alma. Que lo que antes era pantalla compartida, ahora es pantalla vendida. Que el deseo colectivo —ese que se gritaba en cada gol— hoy está hipotecado a casas de apuestas, algoritmos de consumo y relatos desarraigados. Que lo que se perdió con la caída de Fútbol para Todos no fue solo un programa: fue una política de SOBERANÍA CULTURAL.
Porque el fútbol no es solo
negocio, es otra cosa. Es barrio, es historia, es política. Es el lugar donde
el Estado puede —y debe— jugar.
El fútbol
como territorio simbólico
En Argentina, mirar fútbol
no es un lujo: es un derecho afectivo. Es el ritual que une al obrero con el estudiante,
al abuelo con el nieto, al barrio con la nación. Por eso, disputar su acceso es
disputar el sentido de lo común. Y por eso, Fútbol para Todos fue mucho
más que goles gratis: fue una decisión política de devolverle al PUEBLO
lo que el mercado le había robado.
Cuando el
Estado ocupaba la pantalla
Entre 2009 y 2015, el
programa garantizó que ningún argentino tuviera que pagar para ver lo que forma
parte de su cultura popular. Pero lo más potente no estaba en el partido:
estaba en el entretiempo.
Ahí aparecían las obras
públicas, los satélites lanzados, los hospitales inaugurados, los científicos
premiados. El Estado no era un sponsor: era protagonista. Se narraba una
Argentina en movimiento, en construcción, en disputa. Se tejía una pedagogía
visual de lo nacional y lo popular.
La
captura del deseo
Hoy, el fútbol televisado
es pago. Y lo que se transmite entre goles no son políticas públicas, sino
publicidades de casas de apuestas. El deseo colectivo —ese que antes se
canalizaba en el grito de gol y en la esperanza de un país mejor— ahora se
convierte en algoritmo, en adicción, en negocio.
La estética es globalizada,
desarraigada. Los relatos son neutros, sin historia, sin barrio. El espectador
ya no es ciudadano: es cliente. Y el fútbol ya no es encuentro: es mercancía.
Lo que no
se dice
No se dice que la
privatización del fútbol es también la privatización del imaginario. Que cuando
el Estado se retira de la pantalla, se retira también de la narrativa nacional.
Que el gol ya no es símbolo de alegría compartida, sino de consumo individual.
No se dice que Fútbol
para Todos fue una herramienta de formación, de identidad, de SOBERANÍA.
Que volver a una política pública de acceso libre al fútbol es volver a creer
que lo común importa. Que el Estado puede —y debe— disputar el deseo, el
relato, la estética.
Lo que
hay que decir
Hay que decir que el fútbol
no se vende. Se comparte. Se milita. Hay que decir que Fútbol para Todos
fue más que goles: fue SOBERANÍA en pantalla. Hay que decir que
recuperar esa política no es nostalgia: es estrategia. Porque en cada
entretiempo puede volver a aparecer la Argentina que construye, que sueña, que
juega en equipo.
Y eso, Milei y Macri, no lo compra ninguna plataforma.