Por  Vicente Morales Duárez

El encuentro

Estaba en Retiro cubriendo una nota menor sobre los nuevos trenes, el jueves 8 de octubre. La mañana olía a café, prisa y diesel. De pronto, algo cambió. No fue un rayo, ni una explosión. Fue el silencio.

Un hombre alto, de traje gris impecable, avanzaba con calma desde el andén 2. Llevaba las manos en los bolsillos, la mirada clara, firme. Algo en su rostro me paralizó. No era un actor, no era un imitador, ¿era él? caminando entre nosotros como si hubiera tomado el tren de las 8:05 desde Saavedra.

La gente no gritó. Los que lo reconocieron —abuelos, militantes viejos, algún trabajador ferroviario— se quedaron quietos, como si vieran un espejismo. Una señora con un carrito de compras se santiguó. Un pibe con auriculares preguntó: “¿Quién es ese señor?”.

Rostros incrédulos y miradas vergonzantes. Él sólo observaba todo: las pantallas LED, los carteles de delivery, la gente pegada al celular. Me acerqué, grabadora en mano, sin saber si era un sueño o una broma pesada.

—Hola—balbuceé—, ¿cómo llegó acá?

Me miró. Esa mirada que sólo había visto en fotos: penetrante,  pero con un dejo de ironía.

—El tiempo tiene sus grietas, hijo —dijo con voz serena—. Vine a ver qué hicieron con la Patria.

Recorriendo una ciudad extraña

Caminamos juntos unas cuadras. Él iba señalando cosas con su bastón imaginario:

—Mire —señaló un local de comida rápida—. Antes acá había una fábrica. Hacían piezas para trenes. Ahora venden hamburguesas con queso de plástico.

Pasamos por un edificio público. En la entrada, un cartel decía: “Capacitación en liderazgo emocional”. Él frunció el ceño.

—¿Liderazgo emocional? ¿Y la conducción política? ¿Dónde está la formación doctrinaria?

Entró a un kiosco y hojeó un diario. Leyó titulares sobre el FMI, la deuda, la grieta. Suspiró.

—Siguen igual —murmuró—. Discutiendo el reparto de las migajas, mientras otros se comen el pan.

No hubo convocatoria previa, pero la noticia corrió como un reguero. En menos de una hora, unas 3000 personas se agolpaban en la Plaza Mayo. El hombre subió a la base de un monumento. Sin micrófono, con la voz potente que le conocíamos, habló:

—No vine a buscar un cargo. Vine a preguntarles: ¿dónde está su conciencia nacional?

Un silencio incómodo. Los más jóvenes grababan con el celular.

—Veo que hablan de libertad, pero viven esclavos del algoritmo. Celebran la diversidad, pero olvidan la comunidad. Tienen ministerios de todo, pero no tienen proyecto de NACIÓN. Un pueblo que nació para ser libre no habla más de LIBERACIÓN NACIONAL.

Alguien gritó: “¡ Qué tenemos que hacer!”.

Él sonrió, por primera vez.

—Primero, dejen de mirarse el ombligo. "La creencia sin NACIÓN, es un cuerpo sin alma". Auditen, critiquen, inquieran con los símbolo de la patria en el pecho y con los objetivos nacionales en la cabeza. Esos mandalas, esa geometría sagrada, la desvinculación del ser con el pueblo,  ¿y el Escudo Nacional y la Comunidad Organizada? ¿Dónde están? 

Lo acompañé a tomar la Línea A. Viajó en el vagón, sosteniéndose del pasamanos. Los pasajeros lo miraban estupefactos. Una mujer joven le dijo:

—Disculpe, señor… ¿usted es?....., no necesito más para comprender sin palabras con quien estaba hablando.

—A su servicio —respondió él.

—Pero… ¿no estaba muerto?

—La doctrina no muere, señorita —dijo él con suavidad—. Sólo se adormece. Y parece que es hora de despertarla.

En la puerta de la CGT, lo esperaban algunos viejos sindicalistas, que se emocionaron hasta las lágrimas. Él los abrazó con el cariño de siempre,  pero no entró.

—Mi tiempo acá se acaba —me dijo—. Ya hice lo mío.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora —dijo—, depende de ustedes. Recuerden: la política se hace con el corazón del pueblo  en la   mano y el espíritu Nacional  en la cabeza. Primero la PATRIA, lo demás es circo.

Se dio vuelta y empezó a caminar hacia el Puerto. Lo vi alejarse, fundirse entre la multitud. Desapareció en una esquina, como si nunca hubiera estado.

Pero algo quedó. Esa tarde, en las redes, en las casas, en las locales partidarios, todos hablaban de lo mismo. No se si fue real o no. Lo que fue viral,  fue lo que dijo.

Y tal vez eso era justamente lo que él quería: que volviéramos a hablar de  Nación, .de Patria, de Pueblo, de Comunidad Organizada, de FUNCIONARIOS al servicio del pueblo, de justicia social, de trabajo, de dignidad, de cultura nacional, todo como una realidad efectiva y no como palabras de un discurso vacío.

No hizo falta nombrar quien era.

Pero como si fuera una conversación telepática sólo le dije,¡ hasta luego mi Gral.!