por Jorge Altamirano
Hay momentos en la vida en los que una canción, un color o un gesto simple nos devuelven a casa.
A veces alcanza con una melodía suave, una pared pintada en el barrio o el olor a mate recién cebado.
El arte tiene esa magia: nos junta, nos nombra y nos cuenta.
Vivimos en un continente donde las palabras laten, donde la memoria se escucha en cada vereda, y donde el arte, lejos de ser un lujo, es un modo de respirar.
Porque acá, en esta tierra, aprendimos que un pueblo sin arte es un pueblo sin espejo. Y que cuando un país pierde su espejo, también empieza a perder su identidad.
El arte es esa mano invisible que nos acompaña desde la infancia.
Nos moldeó mientras jugábamos en el patio, mientras escuchábamos la radio en la cocina o mirábamos a mamá tararear una zamba sin saber que estaba sembrando recuerdos.
Es una herencia que no se firma, pero se transmite igual.
Y aunque a veces lo olvidemos, el arte también es una forma de decir "acá estamos".
Una manera de plantarnos ante el mundo y afirmar: "esto somos, esto sentimos, esto soñamos".
La identidad de un pueblo nace de su arte, como si cada canción, cada cuadro y cada gesto armaran un rompecabezas enorme que nos contiene a todos.
Argentina siempre creó belleza incluso en los momentos más difíciles.
Desde los conventillos de La Boca hasta los talleres improvisados en barrios periféricos, la creatividad nació como un refugio frente al frío, frente a la incertidumbre, frente a esa sensación tan nuestra de que el futuro es una ventana abierta.
Pero ese arte no lo inventaron los libros ni las universidades.
Lo inventó la gente.
Las abuelas tejiendo historias, los chicos garabateando sueños, los pueblos originarios pintando el tiempo en su propia lengua, el lunfardo, mestizaje de los migrantes europeos y los porteños, dándole su lengua a la poesía del tango y a Buenos Aires: no trabajamos, "laburamos"; lo mismo que el mestizaje del español y el quechua, por eso en verano usamos "ojotas".
Cada comunidad teje su identidad como quien arma un poncho. Hebra por hebra, memoria por memoria.
Y así aparece un concepto que a veces suena grande, pero que en realidad se sostiene con gestos chiquitos: la Soberanía.
Porque un país no es soberano solo cuando cuida sus fronteras, sino cuando cuida su identidad.
Y la identidad se cuida preservando y celebrando el arte que nos hace únicos.
El arte hace Patria cuando es la voz y la expresión de su Pueblo.
En los barrios, en las plazas, en los colectivos que van repletos, siempre aparece alguien que saca un parlante y contagia alegría.
Es la prueba de que nuestras culturas populares son motores de comunidad, de fiesta, de resistencia.
Porque el arte popular no solo entretiene, ordena el mundo, nos devuelve dignidad, nos recuerda que somos parte de algo grande.
Somos hijos de este continente que canta incluso cuando llora, que baila incluso cuando lo empujan,
que pinta incluso cuando le quieren borrar la voz.
Por eso cada tanto, como quien necesita volver a escuchar el pulso de su sangre, miramos hacia Latinoamérica para encontrar inspiración.
Un continente profundamente creativo, luminoso, rebelde y emocionado.
Un continente que abraza.
Frida nos enseñó que un artista puede convertir el dolor en belleza y la identidad en bandera.
Y que cuando un pueblo se anima a mirarse a sí mismo sin miedo, descubre que tiene un rostro inconfundible.
Ahí está la clave: reconocernos.
Porque cuando un país se reconoce en su arte, empieza a cuidarse.
Y cuando se cuida, se vuelve soberano.
En cada rincón de Latinoamérica hay un desfile de colores, ritmos y costumbres que nos recuerdan que somos distintos, pero estamos hermanados.
El carnaval, por ejemplo, es la demostración perfecta de cómo una comunidad entera puede crear un mundo propio durante unas horas, donde la alegría es ley y nadie queda afuera.
El sonido también es identidad.
Cada instrumento tiene un acento, un modo de contar historias.
Un charango, un bombo legüero, un bandoneón que suspira.
Cuando un músico toca, convoca a sus antepasados sin decir una palabra.
Mirá un mural latinoamericano, lleno de rostros indígenas y colores vivos.
No es solo pintura: es un documento vivo.
Es la manera en que un barrio, una ciudad, un país entero decide narrarse.
Y no hay soberanía posible si no somos dueños de nuestro propio relato.
En Argentina crecimos escuchando voces que marcaron generaciones.
Voces que acarician, que raspan, que emocionan.
Mercedes Sosa, por ejemplo, que no solo cantó:
se convirtió en la madre sonora de un continente entero.
O Piazzolla, que rompió todo para volver a armarlo
y demostró que la tradición también puede reinventarse.
Esas voces, esos sonidos, esas imágenes construyen una memoria común.
Una memoria que nos acompaña incluso cuando el mundo se vuelve vertiginoso
y todo parece pasar demasiado rápido.
Los argentinos debemos convencernos que la cultura no es un adorno: es un refugio, un faro, un mapa.
A veces un abrazo, a veces un grito, pero siempre nuestra.
Y defenderla es defender lo que somos: argentinos. Únicos e irrepetibles en la Galaxia!!!
Y hablando de lo que somos…
Hay símbolos que nos siguen a donde vayamos.
La bandera que flamea, el mate que pasa de mano en mano,
la guitarra apoyada en una silla esperando un fogón improvisado.
Esos gestos son arte cotidiano, son identidad pura.
Por eso hoy estamos acá, porque creemos que el arte no es sólo un entretenimiento, sino un territorio.
Un territorio que se habita, se defiende, se celebra y se comparte, como el mate y como el asado, como un gol de Maradona, Messi, y el futuro genio que seguro vendrá.
Y esta editorial, este pensamiento compartido, este encuentro que estamos abriendo ahora, es también un acto de Soberanía Cultural.
Un recordatorio de que seguimos vivos, sensibles, atentos, con ganas de mirarnos y de entendernos. Eso, entendernos. Lo que más necesitamos los argentinos ahora: entendernos y abrazarnos, dar lo mejor de nosotros mismos. Tenemos que darnos cuenta lo maravillosos que somos y el hermosísimo y riquísimo País que tenemos. No dejarnos robar como nos roban nuestras riquezas materiales, pero tampoco nuestra riquezas morales, espirituales y culturales.
De que somos parte de algo que empezó mucho antes que nosotros y seguirá después.
Algo que vale la pena honrar.
Así que te invito a respirar hondo, a abrir el corazón, a dejar que las imágenes, los sonidos y las palabras
te acompañen como una ronda de mate al atardecer.
Este blog es tu casa, tu barrio, tu memoria.
Es nuestro continente latiendo en una pantalla chiquita cuando nos lees en tu celular, o nos seguís en un video.
Y si algo nos enseñó la historia es que
la Soberanía Cultural empieza cuando un pueblo decide contarse a sí mismo.
Bienvenido, bienvenida.
La puerta de nuestra casa está siempre abierta, porque somos gauchos, y los gauchos no sólo hacemos gauchadas, compartimos lo que tenemos de corazón.
Empecemos juntos.
Que esta noche, o día, cuando nos encuentres y encontremos, el arte nos abrace y nos recuerde quiénes somos.