Julián, un técnico, viaja en el tiempo al regreso de Perón en 1972 y vive la efervescencia popular de ese momento. Al volver al 2025, reconoce que las fuerzas que enfrentaban a Perón siguen activas, ahora representadas en una nueva ofensiva institucional. Su crónica, El Testigo del Portal, denuncia que la historia argentina es un ciclo persistente de lucha y resistencia, cualquier coincidencia con la vida real es mera casualidad.

Por Eduardo Fernandez y Jorge Altamirano


El Umbral del Tiempo


La historia comienza en un futuro cercano, un 4 de noviembre de 2025, caracterizado por una monotonía gris. El protagonista, Julián, es un técnico en comunicaciones y un ávido lector de historia argentina que trabaja en un antiguo galpón ferroviario reconvertido en laboratorio popular. El lugar es un santuario de tecnología antigua, impregnado del olor a polvo, aceite y nostalgias de un pasado industrial.

Mientras calibraba un equipo de onda corta, su mano descubrió accidentalmente un artefacto extraño incrustado en una pared de chapa: un marco metálico cubierto de inscripciones en código Morse. Movido por la curiosidad profesional, conectó dos cables sueltos. La respuesta fue inmediata y violenta. El artefacto vibró y una luz azul, densa como miel líquida, lo envolvió por completo. El aire se volvió pesado, casi irrespirable, y Julián experimentó la sensación física de que el tiempo se quebraba detrás de sus ojos, perdiendo por completo la noción de la realidad.

El Río Humano del 17 de Noviembre

Julián recuperó la conciencia de rodillas en un descampado, bajo una lluvia fina de primavera que empapaba su ropa. Lo primero que lo impactó fue el sonido: un clamor vivo y potente de miles de voces humanas coreando consignas al unísono: "Luche y vuelve", "Perón, Perón, ¡qué grande sos!". Ante sus ojos, se desplegaba un río humano de obreros, estudiantes y militantes que avanzaban con una fe palpable, una electricidad en el ambiente que prometía que la historia estaba a punto de cambiar.

Con el corazón encogido y a la vez dilatado, Julián comprendió de inmediato dónde y cuándo estaba: el 17 de noviembre de 1972. No era el conocimiento libresco que poseía; era una experiencia sensorial total. Lo sentía en la garganta seca, en el barro que se pegaba a sus botas Caterpillar —anacrónicamente futuristas— y en la persistente lluvia que acompañaba la marcha lenta pero decidida. Se mezcló entre la multitud, intentando pasar desapercibido, escuchando fragmentos de conversaciones cargadas de ansiedad y euforia: "Dicen que el avión ya viene de Roma", "Después de diecisiete años, hermano, ¿te das cuenta?".

La Peregrinación 

La caminata era una larga peregrinación hacia el aeropuerto de Ezeiza, pero el camino estaba bloqueado por cordones policiales y militares. La represión se hacía sentir con gases lacrimógenos y amenazas. Julián, zigzagueando entre grupos dispersos, logró acercarse lo suficiente para ser testigo del caos. Observó el intenso operativo de seguridad, los militantes formando cordones de protección y, de manera crucial, a hombres de gabardina con rostros impasibles: los ojos y oídos de la dictadura de Lanusse, que observaban con frialdad la efervescencia popular.

En un gesto que marcaría su experiencia, un viejo de manos callosas le ofreció un mate sin preguntarle su nombre. "Tomá, pibe, que hoy es un día histórico." Al sorber la amarga infusión, Julián sintió, por un instante, que era uno más de ellos. Ya no era un testigo del futuro, sino un militante más en la larga marcha.




El Regreso y el Nacimiento de un Símbolo

Desde su posición, vio cómo el murmullo de la multitud se convertía en un grito unificado. Un punto plateado en el cielo se transformó en el avión chárter de Alitalia. Un silencio expectante, roto solo por llantos de emoción, precedió al estruendo del aterrizaje. La puerta se abrió y allí apareció la figura de Juan Domingo Perón, más anciano que en las fotos, pero con una presencia magnética que trascendía la distancia. Julián contuvo la respiración al ver la imagen icónica de José Ignacio Rucci sosteniendo un paraguas para proteger al General de la lluvia. Era la historia en vivo y a todo color.

Comprendió que estaba presenciando más que un regreso; era el nacimiento de un símbolo. La mera llegada de Perón era un mensaje de unidad, reconstrucción y paz, un momento que quedaría consagrado como el Día de la Militancia Peronista, un hito de resistencia y esperanza.

La Ebullición y las Sombras

En los días siguientes, Julián se movió como un fantasma por una Buenos Aires en ebullición. Asistió a asambleas en unidades básicas donde se respiraba la esperanza de un futuro nuevo. Fue testigo de cómo Perón, con astucia, tejía alianzas entre la izquierda juvenil y la derecha sindical, un proceso que culminaría con la designación de Héctor Cámpora como candidato.

Sin embargo, también descubrió la otra cara de la moneda. En una reunión clandestina en un café de Belgrano, escuchó a dos abogados de estudios jurídicos de grandes empresas conspirar. "Muerto el perro se acabó la rabia", afirmó uno con convicción. Alguien pasa por detrás de Julián y le susurró un nombre: O'Farrell. Un escalofrío de reconocimiento lo recorrió. 
Julián, recordaba con meridiana claridad que en 2011, uno de los O'Farrell fue galardonado con el "Lifetime Achievement Award" (Premio a la Trayectoria) en los Chambers Latin America Awards for Excellence. 
Este premio fue otorgado por Chambers and Partners, una reconocida publicación británica con sede en Londres que se especializa en clasificar abogados y estudios jurídicos a nivel mundial. Es la primera vez que un abogado argentino recibió este reconocimiento, como también haber estado sindicado como uno de los redactores de la Ley Bases y el Mega DNU 70/2023, de desregulación de la economía, según recordó haber leído.
Sabía que ese estudio jurídico vinculado a multinacionales, representaba a los "caballos de Troya" en el país. Para Julián, era la misma grieta histórica que había comenzado en 1810 con las invasiones inglesas y, ahora eran las mismas repintadas con un barniz moderno: el resentimiento de la oligarquía apátrida, agazapada tras el velo del oscurantismo, esperaba el momento oportuno para tomar el poder otra vez,   para ellos el fervor popular popular pasa, la entrega no.




 La Persecución y la Lealtad

Su presencia no pasó desapercibida. Un hombre de gabardina, a quien Julián bautizó como "El Agente", comenzó a seguirlo. Una noche, al salir de un bodegón luego de su cena que aprovechaba para tomar apuntes en su libreta, dos hombres lo acorralaron en un callejón. La conversación fue brutal: "La libreta, pibe. No es una historia que puedas contar."

En el momento crítico, aparecieron otros hombres, de aire rudo, obreros militantes que lo habían visto en las asambleas. "El pibe es de los nuestros", declaró uno. Esa frase, cargada de un sentido de pertenencia y lealtad, lo salvó de una paliza. Fue su bautismo en la violencia oculta, la que se libraba en las sombras de la historia oficial.

El Regreso y la Revelación Final

El portal lo reclamó de manera tan impredecible como la primera vez. La misma luz azul, la misma sensación de vértigo, y de repente, estaba de vuelta en su presente, frente al Congreso Nacional. En una pantalla gigante, Javier Milei, con el rostro desencajado, pronunciaba un discurso presidencial ferozmente antiperonista.

¿Y ahora qué?

Julián cerró su libreta con manos temblorosas. No por miedo, sino por la certeza de haber visto demasiado. Había cruzado el umbral del tiempo, no para contemplar el pasado, sino para entender el presente. Y ahora, frente al Congreso, con el cartel de “Mairal & O’Farrell” brillando como un faro de continuidad oligárquica en la secretaria de minería, con Milei vociferando desde la pantalla, entendía que la historia no se repite: se ejecuta.

La pregunta ya no era qué había visto, sino qué haría con eso. Porque si los enemigos del pueblo pueden esperar medio siglo para volver, ¿cuánto tiempo estamos dispuestos a resistir? ¿Cuántas veces más vamos a dejar que nos reescriban el país desde arriba?

Julián no volvió a su galpón. Caminó hacia una unidad básica. Sabía que su libreta no era el final, sino el principio. Y mientras la lluvia volvía a caer sobre la ciudad, se preguntó —y nos preguntó—:

¿Qué vas a hacer vos con lo que sabes ahora? ¿Vas a mirar el portal cerrarse… o vas a abrir el próximo?














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Los socios de la decadencia argentina