Las Malvinas fueron, son y serán argentinas, mal les pese a los presidentes, diplomáticos, legisladores y funcionarios que trabajan para entregarlas a los ingleses desde hace mucho tiempo.


El Observatorio de Soberanía Argentina General Jorge Edgar Leal reproduce este trabajo de Gabriel Molina que analiza a la luz de la política de ¿Defensa? de Milei, lo que a su criterio, realmente debería ser la misma.

Es una opinión que sirve, como todo lo que hacemos, de disparador para la discusión, el análisis y el debate. Es un tema para ser analizado por expertos y nosotros no lo somos ni pretendemos serlo. Sí somos divulgadores de temas y cuestiones estratégicas que hacen a nuestra Soberanía. En eso sí somos expertos, y no nos pueden vender gato por liebre. Discutimos y somos expertos en los temas transcendentales de la Patria. En la chiquita, en la discusión prebendaría de la politiquería barata de pequeñas ambiciones, negocios y egos, no nos encontraran jamás.
Vamos a analizar la nueva Política de Inteligencia Nacional que devuelve al Atlántico Sur su peso estratégico y lo instala en el núcleo de la seguridad del Estado.
En el Anexo I – Política de Inteligencia Nacional (2025) se identifica la presencia extranjera en Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur como un asunto que compromete directamente los intereses estructurales de la República. Al hacerlo, eleva la cuestión Malvinas al rango de problema de seguridad nacional, transformándola en un objeto prioritario de inteligencia estratégica militar. Ese gesto político inaugura una nueva etapa: la securitización de Malvinas, entendida como la decisión presidencial de considerar la disputa y la presencia británica como factores que afectan soberanía, autonomía y proyección.

Bandera de las Falklands


El documento señala que el Atlántico Sur se ha convertido en un espacio de sensibilidad geopolítica donde confluyen actividades científicas, logísticas y militares de potencias extrarregionales. La expansión de infraestructura de doble uso, la consolidación de enclaves y la creciente valorización de los recursos y rutas bioceánicas configuran un entorno donde la competencia se disfraza de rutina técnica y la disputa se expresa en capacidades. En ese escenario, Malvinas deja de ser un reclamo diplomático para convertirse en un indicador estratégico, un punto donde las intenciones externas, las capacidades instaladas y los movimientos regionales deben ser leídos con precisión quirúrgica.
La inteligencia nacional, a partir de esta política, está llamada a anticipar movimientos, interpretar señales y monitorear el desarrollo de capacidades extranjeras que puedan alterar el equilibrio austral. La vigilancia no puede ser fragmentaria: el componente militar se entrelaza con el científico, el ambiental y el logístico; y la proyección antártica se relaciona con la defensa de recursos críticos y la estabilidad de las rutas australes. En este marco, la securitización opera como un acto de conducción política que reorganiza prioridades y ordena ver el Atlántico Sur como un teatro dinámico donde se juega la autonomía del país.
El Reino Unido, acostumbrado a administrar la situación como un asunto resuelto, advertirá este movimiento. La Argentina no busca el conflicto, pero sí recuperar la lucidez estratégica: comprender que la soberanía se sostiene con información, vigilancia y análisis prospectivo, tanto como con derecho y diplomacia. La securitización no amplifica la tensión; ordena la mirada del Estado sobre un espacio donde se definen intereses vitales.

Fortaleza Militar Malvinas del Reino Unido de Gran Bretaña

Así, Malvinas vuelve a ocupar su lugar natural: no como un símbolo desconectado del presente, sino como un elemento vivo de la planificación nacional. La inteligencia estratégica militar asume esta tarea con la serenidad que exige el futuro: vigilar, anticipar, comprender. Porque allí, en las aguas del sur, se entrelazan la historia, la seguridad y el destino marítimo de la República.
La decisión del Presidente de securitizar Malvinas devuelve claridad estratégica, pero plantea una duda que no puede esquivarse: ¿podrá el propio Presidente sostener esta agenda sin generar tensiones innecesarias en la región? La inteligencia orienta y advierte, sí, pero no garantiza que el equilibrio se mantenga.
El desafío queda planteado con crudeza: afirmar soberanía sin empujar al país hacia escenarios que nadie busca, y hacerlo en un proceso de toma de decisiones presidenciales que deberá ser firme, prudente y coherente con la capacidad real del Estado. La intención es clara; su cumplimiento, todavía incierto.
Aquí podés descargar el documento de 34 páginas para su lectura atenta y tranqquila haciendo click sobre el enlace:
Prof. Lic. Gabriel Molina