Por Vicente Morales Duárez
Buenos Aires, junio de 1943 – Crónica exclusiva Un
aire distinto, cargado de acero y propósito, corta la niebla invernal del
puerto. Las noticias de la guerra global llegan en titulares de cables
trasatlánticos, pero en los cuarteles, en las fábricas y en los atrios de las
iglesias, palpita otra batalla: la de la Argentina por su alma. Desde mi puesto
de observación, entre el humo de los talleres ferroviarios y el murmullo de los
cafés de la Avenida de Mayo, intento descifrar las fuerzas que hoy sacuden los
cimientos de la República.
Los pasos
que resuenan en la noche: el GOU y el fin de una farsa
Las fuentes confirman lo que el rumor callejero
susurra: un grupo de oficiales, nucleados en el sigiloso GOU (Grupo de
Oficiales Unidos), dejó de ser una logia de descontentos para convertirse en el
martillo que quebró el cristal de la Década Infame, precipitando la Revolución
del 4 de junio de 1943. El derrocamiento del gobierno precedente abrió un ciclo
dominado por los militares (con Pedro Pablo Ramírez y luego Edelmiro Farrell),
donde Juan D. Perón emergió desde posiciones laborales y sociales del nuevo
Estado. No fue un simple cuartelazo: fue, como se leía en los documentos y prácticas
iniciales del gobierno revolucionario, un intento de redefinir el rumbo
nacional bajo una ideología que mezclaba la línea NACIONAL SOBERANA y el catolicismo social.
“Nos hablan de urnas y constituciones”, decía un
oficial, “mientras nuestras riquezas viajan en
ferrocarriles con capital extranjero, se contabilizan en bancos externos y se
integran a economías ajenas. Nuestra libertad electoral es un espejismo si
nuestra economía está encadenada”. Esa crítica –extendida entre círculos
militares y civiles– interpretó la democracia liberal como fachada de
dependencia, y dio marco a la reivindicación de soberanía, justicia social y
regeneración moral que caracterizó la primera fase del gobierno revolucionario.
La doctrina
social de la Iglesia: el alma de un nuevo orden
En este contexto cobró fuerza un discurso que
provenía de los púlpitos y del laicado católico: la doctrina social de la
Iglesia (con raíces en Rerum Novarum y Quadragesimo Anno). Intelectuales y
clérigos de línea nacional, la abrazaron como antídoto moral contra el liberalismo
materialista y el colectivismo, traduciendo su llamado a la dignidad del
trabajo, protección del débil y regulación del poder económico al lenguaje de
la “comunidad organizada” y del bien común. La convergencia Iglesia–Ejército en
1943–1944, documentada por la historiografía, fue un elemento identitario del
nuevo ciclo y reforzó la lectura del orden liberal como causa de la crisis
moral y social.
Fuerza moral
y tercera posición
Más allá de las proclamas, lo que se observa en
estas jornadas es la búsqueda de una fuerza moral regeneradora. La “Tercera Posición” –discursivamente elaborada en clave de autonomía Nacional, Justicia Social y antientrega no fue una equidistancia pasiva en la guerra mundial, sino
una afirmación de independencia frente a los polos hegemónicos. Con el avance
de 1943 y 1944, Perón consolidó posiciones en la Secretaría de Trabajo y
Previsión y construyó puentes con el mundo obrero, traduciendo el ethos de
justicia social en institucionalidad y derechos, y ampliando las bases de
legitimidad del proyecto Nacional-Popular.
El pueblo
expectante
En fábricas y talleres, el clima fue de
expectativa. La ampliación de la tutela laboral y la promesa de dignidad del
trabajo generaron adhesiones que, sin ser ciegas, se tornaron decisivas para el
nuevo equilibrio político. La consigna era clara: la fuerza moral debía
materializarse en salarios, vivienda, respeto y participación. La narrativa del
gobierno revolucionario entendió que la crisis no era solo política o
económica, sino espiritual, y que la regeneración debía anclar en un Estado con
vocación social y soberana.
El mascarón
se quiebra: ¿qué rostro emerge?
La Revolución de 1943 derribó el “mascarón de proa”
liberal, interpretado como coartada para la dependencia. De ese quiebre emergió
una pregunta formidable: ¿qué nave construir con los restos? La respuesta que
ensayó el nuevo poder fue un Estado fuerte y justiciero, sustentado por una
moral pública que integrara independencia económica y dignidad del trabajo. La
historiografía ha mostrado tanto el impulso católico de línea Nacional del primer
tramo revolucionario como las tensiones posteriores: organizar la comunidad sin
derivar en autoritarismo exigía capacidades estatales, coaliciones sociales y
autonomía frente a los condicionamientos externos. En ese terreno movedizo se
forjó la figura de Perón y la arquitectura del peronismo naciente.
Mientras observo desfilar las tropas por la Plaza
de Mayo, la pregunta persiste: ¿alcanzará esta fuerza moral para fundar una
comunidad organizada, o se disipará en la fragua de un poder sin contrapesos?
La guerra en Europa definirá el mapa; aquí, en este frío junio del 43, se
disputa el alma de la Argentina. La llama secreta encendió la Nación que se despierta
de manera inconfundible.
Crónica 83 años después de la llamarada que iluminó la Nación
Buenos Aires, enero de 2026. Las calles ya no huelen a carbón de talleres ferroviarios ni a pólvora de cuarteles. El humo que cubre la ciudad es el de la inflación contenida, los piquetes sindicales y los debates interminables en el Congreso.
El incendio que se iniciaba en los patriotas contra la década infame en 1943 parece hoy un murmullo cansado, atrapado entre la memoria de la Justicia Social y la crudeza de un mercado globalizado.
De la comunidad organizada al mercado desregulado
·
Entonces
(1943–1946): El
GOU y Perón prometían un Estado fuerte, capaz de proteger al débil y organizar
la comunidad.
·
Hoy (2026): El gobierno de Javier Milei impulsa reformas estructurales: desregulación, flexibilización laboral y reducción del Estado. La “comunidad organizada” ha sido reemplazada por la lógica del mercado como árbitro de la vida social.
La doctrina social de la Iglesia y la crisis moral
·
Hoy: La Iglesia mantiene su voz crítica, pero su influencia política es menor. La crisis moral se expresa en la desigualdad persistente y en la tensión entre promesas de libertad económica y la realidad de salarios erosionados.
Parte del pueblo expectante… otra vez
· Hoy: Los sindicatos enfrentan tensiones con el gobierno, que busca limitar su poder. La expectativa se repite: ¿las reformas traerán estabilidad o profundizarán la precariedad?
El mascarón de proa reconfigurado
Esto no es otra cosa, que una política DELIBERADA Y PLANIFICADA DE DESPOJO Y SAQUEO DE LAS RIQUEZAS NATURALES Y EL GENOCIDIO POR HAMBRE DEL PUEBLO ARGENTINO.
Reflexión final
El rugido de 1943 buscaba fundar una Nación Soberana y Justa. Ochenta y tres años después, la Argentina se debate entre la memoria de esa PATRIADA NACIONAL y la realidad de un presente donde la Soberanía se mide en reservas del Banco Central y la JUSTICIA SOCIAL es un mero índice de medición de pobreza. La pregunta que flotaba en la Plaza de Mayo en 1943 sigue vigente:
¿QUÉ ROSTRO EMERGE TRAS EL MASCARÓN DE PROA?
Hoy, el escenario actual es un Estado SIN JUSTICIA SOCIAL, COOPTADO POR LAS CORPORACIONES ECONOMICAS y FINANCIERAS NACIONALES o MULTINACIONALES, un mercado fortalecido y un pueblo DESHAUCIADO, los discursos de unos y otros no enciende las pasiones de las mayorías, en tanto una minoría de patriotas, sufre gime y espera, frente a los traidores.
Hasta que la llama vuelva a encenderse y la JUSTICIA SOCIAL, LA INDEPENDENCIA ECONÓMICA Y LA SOBERANÍA POLÍTICA vuelvan a ser una realidad efectiva, nadie debe rendirse sino seguir combatiendo.
📚 Bibliografía
·
Perón y el mito de la nación católica Iglesia y
Ejército en los orígenes del peronismo (1943-1946)
· BAE Negocios. La motosierra continúa: leyes clave que Javier Milei prepara para 2026
· Diario Junio. Muchos que pierden, pocos que ganan: el mapa de la economía de Milei en 2026.