Análisis del discurso del Primer Ministro de Canadá
Realmente quedamos sorprendidos por el discurso del Primer Ministro de Canadá, Mark Joseph Carney, en la cumbre anual de Davos. Máxime, sabiendo que es un importante economista, que ocupara el cargo de Gobernador del Banco de Inglaterra desde el 1 de julio de 2013 hasta el 15 de marzo de 2020, y que fuera el responsable de haberle confiscado las reservas de oro que Venezuela tenía allí depositadas. Carney es Primer Ministro de Canadá desde el 14 de marzo de 2025, y el líder del Partido Liberal de centroizquierda, también desde 2025.
Lo dicho por Carney en Davos podría ser la hoja de ruta para los países que quieran constituirse desde los BRICS como un espacio con mayor autonomía en un nuevo orden mundial, libres de las extorsiones y el sometimiento de potencias hegemónicas, como tanto le gusta al Estado Profundo Estadounidense. Pensar que es Trump es no entender nada de política estadounidense.
En este nuevo orden mundial, que de algún modo u otro va a establecerse, más tarde o más temprano, el patotero del barrio, el delincuente descarado, el terrorista sin escrúpulos, el invasor que rompe todas las normas y leyes de la convivencia internacional sin respetar la Soberanía de terceros países, sobra. La patota Trumpista de MAGA en el mundo sobra. Pero también sobra el Estado Profundo que hizo de EE.UU. un país de miserables. Se aburren con sus políticas y ambiciones de destruir la mayor clase media que existió en el mundo (hoy ese lugar lo ocupa China). La convirtió en pordioseros y zombies que viven en las calles sin ninguna posibilidad de recuperar sus antiguas vidas, con ciudades fantasmas creciendo como hongos y un nivel de violencia atroz. Ni a las escuelas se puede ir con la seguridad de regresar vivos.
En el Observatorio de Soberanía Argentina General Jorge Edgar Leal, hemos querido hacer una breve síntesis de diez puntos del largo discurso del Primer Ministro de Canadá (el cual compartimos integro continuación, recomendando su atenta lectura).
Sinceramente, no esperábamos que un líder de la OTAN gritara tan fuerte y tan claro, ¿quizás urgido porque su País está en la lista de países a ser anexados por EE.UU.?...
Cualquiera sea la razón, no podemos estar más de acuerdo con Carney y las afirmaciones y conclusiones a las que llega. Ha escupido una verdad tras otra, y ha dejado a todos como unos hipócritas y cobardes que se arrodillan frente al trumpismo y sus halcones.
Se dice que Carney ha escrito personalmente su discurso, que ha rechazado la colaboración de redactores, como se acostumbra hacer en estas ocasiones. Siendo ese el caso, su discurso cobra más significado aún, ya que surge de sus propias convicciones políticas y los objetivos que se haya trazado para su actual gestión, muchas de las cuales las explicita con claridad en el mismo.
Carney, con su discurso, también deja una invitación a la comunidad mundial que no quiera vivir de rodillas, humillada y saqueada. Muchos dirigentes, fundamentalmente de Europa y de América, no están a la altura de las circunstancias históricas que le toca vivir a nuestra generación, y mucho menos a las tradiciones de lucha y orgullo de sus Pueblos, no son más que gerentes corruptos de fondos de inversión corruptos que dominan el Poder Financiero Internacional, responsables de la crisis del 2008, y de todas las crisis del capitalismo, pasadas, presentes y futuras, como estamos viendo. A ellos les encanta socializar las perdidas (para eso sí es buena la intervención estatal) y privatizar las ganancias. No saben hacer otra cosa. Lamentablemente, ese es nuestro caso, y lo será por mucho tiempo, porque nuestro caso está agravado por una oposición mojigata, cómplice, con muchos de sus dirigentes respondiendo a los mismos fondos de inversión corruptos y al mismo poder financiero internacional que este Gobierno de turno.
Este estado de cosas ha llevado al Pueblo argentino a la desilusión y una frustración terminal con el sistema democrático liberal "recuperado" pos Dictadura. Una frustración y desilusión que se manifiesta con un rechazo visceral con lo que identifica como la "casta política", una caterva de individuos que defiende más sus propios intereses y privilegios que ninguna otra cosa, y desde hace mucho tiempo. Han convertido a la disputa política en una herramienta para capturar el Estado y repartir las "cajas". No será total y absolutamente así, pero esa es la percepción dominante entre los argentinos que asisten a votar, y los que ya decidieron no hacerlo nunca más, una minoría silenciosa que hace mucho ruido y que se ha transformado en la primera minoría electoral. Son los que más "votos" sacan, porque no ir a votar, votar en blanco, o anular el voto, dice mucho más del sistema que lo que pueden decir los elegidos por "la voluntad" popular.
He aquí la síntesis de los diez puntos más importantes, según nuestro criterio, del discurso de Carney, luego el discurso completo:
- Fin del orden basado en normasSe declara el colapso del orden internacional liberal, sustituido por una rivalidad geopolítica sin freno donde las grandes potencias imponen su poder.
- Crítica a la “ficción grata”Denuncia la hipocresía de países y empresas que actuaban “como si” el sistema funcionara, ignorando sus fallas, en lo que llama “vivir dentro de una mentira”.
- Llamado a la honestidad geopolíticaPropone que las potencias medias deben “nombrar la realidad”: reconocer que el orden anterior ya no protege y que la integración económica se usa como arma.
- Necesidad de autonomía estratégicaAnte la desglobalización, los países deben asegurar Soberanía en energía, alimentos, minerales críticos y cadenas de suministro para reducir vulnerabilidades.
- Realismo basado en valoresCanadá adopta un enfoque “principista pero pragmático”: defiende valores como derechos humanos e integridad territorial, pero actúa con flexibilidad táctica.
- Fortalecimiento interno (económico y militar)Anuncia recortes fiscales, eliminación de barreras comerciales internas, masivas inversiones en energía e IA, y duplicación del gasto en defensa para 2030.
- Diversificación externa acelerada
- Cooperación flexible por temas (“geometría variable”)Propone coaliciones ad hoc para problemas específicos (Ucrania, minerales críticos, IA), sin depender de instituciones multilaterales debilitadas.
- Unión de potencias medias como contrapesoAdvierte que los países intermedios deben aliarse o serán instrumentalizados por grandes potencias: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”.
- Canadá como modelo de sociedad pluralista y resilientePresenta al país como un socio estable, con recursos energéticos, minerales, capital humano y financiero, capaz de liderar un nuevo orden más justo.
"Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo.Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno.Pero sostengo, aun así, que otros países —en particular las potencias medias como Canadá— no están indefensos. Tienen el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben. Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad. No lo hará. Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones? En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista? Su respuesta empezaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero coloca un letrero en su escaparate: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero lo coloca de todos modos: para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste. No solo mediante la violencia, sino mediante la participación de la gente común en rituales que, en privado, sabe que son falsos. Havel llamó a esto “vivir dentro de una mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero quita su letrero— la ilusión empieza a resquebrajarse. Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus letreros. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección. Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas. Así que pusimos el letrero en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Ese pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las dos últimas décadas, una serie de crisis —financiera, sanitaria, energética y geopolítica— dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema. Más recientemente, las grandes potencias empezaron a usar la integración económica como arma. Aranceles como palanca. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias —la OMC, la ONU, las COP—, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, están muy debilitadas. Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú. Pero seamos lúcidos sobre adónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible. Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de normas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, los beneficios del “transaccionalismo” se vuelven más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán opciones. Esto reconstruye la soberanía —una soberanía que antes estaba anclada en normas—, pero que estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir la presión. Esta gestión clásica del riesgo tiene un coste. Pero ese coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada uno construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son de suma positiva. La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos —o si podemos hacer algo más ambicioso. Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de forma fundamental nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida. Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” —o, dicho de otro modo, aspiramos a ser principistas y pragmáticos. Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea coherente con la Carta de la ONU, el respeto de los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos estamos comprometiendo ampliamente, de forma estratégica, con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, no esperamos al mundo tal como quisiéramos que fuera. Canadá está calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos priorizando un compromiso amplio para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego de cara a lo que viene. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza. Estamos construyendo esa fuerza en casa. Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos recortado impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más allá. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030, y lo hacemos de maneras que fortalezcan nuestras industrias nacionales. Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluyendo la adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de compra de defensa. Hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en los últimos seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur. Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes asuntos, basadas en valores e intereses. En Ucrania, somos miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En soberanía ártica, nos mantenemos firmemente junto a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable. Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluyendo el Nordic Baltic 8) para asegurar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, incluyendo inversiones sin precedentes en radar de alcance más allá del horizonte, submarinos, aeronaves y presencia terrestre. En el comercio plurilateral, estamos impulsando esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse de un suministro concentrado. En IA, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemones e hiperescaladores. Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es depender de instituciones debilitadas. Es construir coaliciones que funcionen, asunto por asunto, con socios que comparten suficiente terreno común como para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones. Y es crear una densa red de conexiones a través del comercio, la inversión y la cultura, de la que podamos valernos para desafíos y oportunidades futuras. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse ir solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar, la palanca para dictar condiciones. Las potencias medias no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación. En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse para crear un tercer camino con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte —si elegimos ejercerlo juntos. Lo cual me devuelve a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”? Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si siguiera funcionando tal como se anuncia. Llamar al sistema por lo que es: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coerción. Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica que viene de una dirección pero guardan silencio cuando viene de otra, estamos manteniendo el letrero en la ventana. Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que el hegemón restaure un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen. Y significa reducir la palanca que permite la coerción. Construir una economía doméstica fuerte debería ser siempre la prioridad de todo gobierno. Diversificar internacionalmente no es solo prudencia económica; es la base material para una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a posturas basadas en principios reduciendo su vulnerabilidad a represalias. Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están entre los mayores y más sofisticados inversores del planeta. Tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran. Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y fiable —en un mundo que no lo es—, un socio que construye y valora relaciones a largo plazo. Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es. Estamos quitando el letrero de la ventana. El viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente. Y es un camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros"