La sala está en penumbra. Sobre la mesa, mapas de la Argentina, cartas náuticas, informes geopolíticos, estudios científicos, proyecciones económicas. Afuera, el viento austral golpea las ventanas como si trajera ecos de otro tiempo.
De pronto, una presencia se hace sentir. No es fantasía: es memoria viva. Es José de San Martín.
Su figura irrumpió intempestivamente casi como un holograma: emergiendo de la forma más inesperada, como si siempre hubiera estado ahí, esperando que lo llamáramos.
Nosotros —los integrantes del Observatorio de Soberanía Argentina Gral. Jorge Edgar Leal— nos ponemos de pie. No por protocolo: por respeto.
San Martín nos observa con esa mezcla de serenidad y firmeza que describen sus contemporáneos.
SAN MARTÍN: —Los he escuchado. Hablan de soberanía con la misma pasión con la que mis soldados hablaban de libertad. ¿Qué buscan en este encuentro?
OBSERVATORIO: —General, buscamos comprender mejor su legado. No como un bronce inmóvil, sino como una brújula para el siglo XXI. Queremos dialogar con usted sobre la Argentina que defendió y la que hoy debemos defender.
San Martín asiente. No sonríe, pero sus ojos brillan.
SAN MARTÍN: —La política, señores, no es el arte de dividir, sino de unir. Yo me aparté de las facciones porque sabía que la patria no podía ser rehén de rencillas internas. La soberanía exige unidad.
OBSERVATORIO: —Hoy seguimos luchando contra esas divisiones. La soberanía se ve amenazada por presiones externas, pero también por fracturas internas que debilitan nuestra capacidad de decisión.
SAN MARTÍN: —Lo viví. Por eso apoyé a Rosas durante el bloqueo. No por afinidad personal, sino porque la soberanía estaba en juego. Cuando el extranjero presiona, la patria debe cerrar filas.
OBSERVATORIO: —Ese es uno de nuestros principios: la soberanía como valor irrenunciable. Y su gesto —legar su sable a Rosas— sigue siendo un mensaje para nosotros.
SAN MARTÍN: —Ese sable no era un adorno. Era una advertencia: la libertad conquistada puede perderse si no se la defiende todos los días.
San Martín se acerca a los mapas. Pasa su mano sobre la Patagonia, la Antártida, el Atlántico Sur.
SAN MARTÍN: —En mi tiempo, la ciencia era un lujo. Hoy es un arma. ¿Cómo la emplean ustedes?
OBSERVATORIO: —General, trabajamos para que la Argentina piense su territorio con una mirada científico tecnológica. La soberanía del siglo XXI se disputa en laboratorios, en satélites, en datos, en energía, en el control de los recursos estratégicos.
SAN MARTÍN: —La geografía es destino. Pero el destino se defiende con conocimiento. Si yo hubiera tenido los instrumentos que ustedes poseen, el cruce de los Andes habría sido distinto. Más rápido. Más seguro. Más preciso.
OBSERVATORIO: —Hoy la disputa es por el litio, el agua, la energía, el mar, la Antártida, el espacio. Y también por la tecnología que permite administrarlos.
SAN MARTÍN: —Entonces no olviden esto: el que no domina la ciencia, termina dominado por quien sí lo hace.
SAN MARTÍN: —La independencia no se sostiene con discursos. Se sostiene con economía. ¿Cómo está la vuestra?
OBSERVATORIO: —Fragmentada, presionada, condicionada. La deuda externa, la dependencia tecnológica, la fuga de capitales, la concentración económica… son desafíos que comprometen la soberanía.
SAN MARTÍN: —En mi tiempo también lo sufrimos. Por eso insistí en abrir puertos, en fomentar el comercio propio, en evitar que las potencias nos dictaran condiciones. La economía es el músculo de la soberanía.
OBSERVATORIO: —Hoy buscamos promover un desarrollo que no dependa de intereses ajenos. Un modelo que piense en el territorio, en la industria, en la ciencia, en la integración regional.
SAN MARTÍN: —La integración… (Se detiene, como recordando algo.) Yo soñé con una América unida. No por romanticismo, sino por estrategia. Un país aislado es presa fácil.
San Martín se endereza. Su voz adquiere un tono más grave.
SAN MARTÍN: —La defensa no es solo tener un ejército. Es tener un propósito. ¿Cuál es el de ustedes?
OBSERVATORIO: —Defender la soberanía en todas sus dimensiones: territorial, marítima, aérea, cibernética, cultural. Y promover una conciencia estratégica que trascienda gobiernos.
SAN MARTÍN: —Bien. Porque la soberanía no se delega. Se ejerce. Y recuerden esto: la mejor defensa es la que se prepara antes de que el peligro llegue.
OBSERVATORIO: —Por eso estudiamos el Atlántico Sur, la Antártida, la presencia extranjera en la región, las rutas marítimas, los recursos estratégicos.
SAN MARTÍN: —El enemigo cambia de uniforme, pero no de intención. Hoy no vienen con fusiles: vienen con tratados, con inversiones condicionadas, con discursos seductores.
SAN MARTÍN: —La batalla más difícil no es militar. Es cultural. Un pueblo que olvida quién es, pierde antes de empezar.
OBSERVATORIO: —Por eso trabajamos en la memoria histórica, en la educación soberana, en la identidad territorial. La soberanía también se disputa en el sentido común de la gente.
SAN MARTÍN: —Exacto. Yo dije una vez que “serás lo que debas ser, o no serás nada”. Eso vale para los individuos, pero también para las naciones.
OBSERVATORIO: —Hoy luchamos contra la desinformación, la fragmentación social, la pérdida de autoestima colectiva.
SAN MARTÍN: —Entonces su tarea es más difícil que la mía. Yo enfrenté ejércitos. Ustedes enfrentan ideas que buscan desarmar la voluntad de un pueblo.
San Martín toma su sable, que no es el que se llevó Milei, ese es solo acero. Este es un sable especial, que se materializa y desmaterializa de acuerdo a las palabras que surgen de su boca, aparece y desaparece con la misma facilidad sobre la mesa. No como un arma, sino como un símbolo.
SAN MARTÍN: —Este sable cruzó los Andes, liberó pueblos y defendió la soberanía de nuestra América. Hoy no necesitan acero: necesitan claridad, coraje y unidad.
OBSERVATORIO: —General, su legado es nuestra guía. La soberanía que usted defendió con su vida es la que hoy defendemos con nuestro trabajo.
San Martín nos mira por última vez.
SAN MARTÍN: —Entonces sigan. Porque la patria no se abandona. Ni en el campo de batalla, ni en el escritorio, ni en el aula, ni en el laboratorio. La patria se defiende siempre.
Y así como llegó, se desvanece. Pero no se va. Porque sus palabras sigue resonando en cada uno de nosotros.