Homenaje con Motivo del Natalicio del Gral. Juan Martin Miguel de Güemes
Todos los 8 de febrero los patriotas celebramos el natalicio del General Martín Miguel de Guemes, quien con sus infernales garantió la celebración del Congreso de Tucumán para la declaración de la independencia. Por eso desde el Observatorio hacemos este humilde homenaje.
Guemes nació en el año de 1785 en una familia acomodada, pero desde pequeño gustaba andar con los gauchos, quienes lo protegían mucho por su enfermedad. No obstante, a temprana edad abrazó las armas. Así lo encontraremos haciendo frente a los ejercitos ingleses en las calles de Buenos Aires en 1806 y 1807.
En las aguas turbias del Río de la Plata, donde el horizonte se confunde con la promesa y la traición, se escribió el primer capítulo de una dependencia que aprendería a cambiar de disfraz pero nunca de esencia. Comenzó con cañones y acabó con contratos, empezó con invasiones militares y terminó con colonizaciones financieras, pero el núcleo permaneció idéntico: la Argentina como periferia administrada por poderes que miran desde lejos.
UNA HAZAÑA IMPOSIBLE
Era agosto de 1806. Buenos Aires olía a pólvora reciente y humillación por digerir. Las tropas británicas habían tomado la ciudad, pero no habían capturado ese algo indómito que ya latía en el criollaje. En este escenario, un joven cadete salteño de 21 años, Martín Miguel de Güemes, ejecutó una de esas acciones que desafían los manuales de guerra y reescriben las posibilidades de un pueblo.
La fragata mercante "Justina" —emblema flotante del imperio que dominaba los mares del mundo— había encallado cerca de lo que hoy es Retiro. La lógica militar decía que se necesitaban infantes, botes, abordajes convencionales. Güemes no leyó esa lógica. Con un puñado de gauchos, rodeó el barco a caballo por las aguas bajas del río, lo abordó desde sus monturas, y capturó a la tripulación británica.
Fue más que una captura: fue una declaración metafísica. La caballería criolla tomando prisionero al poder naval británico. En ese instante, Güemes no sólo apresaba un barco: capturaba la idea de que lo imposible era posible, que el ingenio del territorio podía derrotar a la tecnología del imperio. Era el anuncio temprano de que esta tierra produciría resistencias que no se ajustarían a ningún libreto europeo.
LOS INFERNALES: CUANDO EL PUEBLO SE CONVIERTE EN TERRITORIO
Esa misma osadía se transformaría, una década después, en la estrategia de supervivencia de la revolución. Entre 1815 y 1821, el noroeste argentino se convirtió en un laboratorio de guerra popular. Güemes, ahora gobernador de Salta, comandaba Los Infernales: un ejército que no aparecía en ningún estado mayor porque era el pueblo mismo armado.
Gauchos, campesinos, indígenas —hombres que no recibían sueldo sino destino— transformaron la geografía en un arma. Los cerros disparaban, los ríos se alzaban en trincheras naturales, las quedadas se convertían en emboscadas perfectas. Siete invasiones realistas detuvo esta guerra gaucha. Siete veces demostró que cuando el pueblo se funde con el territorio, el territorio se vuelve indomable.
Mientras San Martín organizaba en Mendoza un ejército regular con disciplina prusiana, Güemes tejía en el norte una resistencia con hilachas de dignidad y astucia popular. Eran dos caras de la misma moneda libertaria: la estrategia convencional y la guerra de guerrillas, el ejército profesional y el pueblo en armas. Juntos formaban la ecuación completa de la soberanía: se gana con táctica, pero se sostiene con raíces profundas en la tierra y sus hijos.
LA TRAICIÓN DE LOS PROPIOS: EL ODIO DE CLASE MÁS FUERTE QUE LA PATRIA
Güemes cometió el pecado imperdonable: le dio poder al que no debía tenerlo.
Armó al gaucho, al indígena, al peón. Les enseñó que la patria no era un concepto abstracto defendido desde escritorios porteños, sino algo que se construía con manos callosas y sangre propia. A la oligarquía salteña —los "decentes", los que siempre habían sido dueños de la tierra y de los hombres— esto les resultó más peligroso que cualquier ejército realista.
Porque Güemes no combatía sólo a los españoles. Combatía el orden natural del poder. Les imponía contribuciones forzosas a los ricos. Expropiaba propiedades de realistas para dárselas a sus milicianos. Gobernaba consultando a gauchos en consejos populares —esa gente que, según la élite, sólo servía para trabajar la tierra, no para pensar la política.
El odio de clase demostró ser más frío y letal que cualquier diferencia ideológica. Cuando el coronel realista Valdez avanzó sobre Salta, la oligarquía local le abrió las puertas de la ciudad. No por lealtad a la corona española, sino por odio visceral a la revolución popular que representaba Güemes. El general murió traicionado, perseguido como un animal por los suyos, en una huida que encapsulaba la tragedia argentina: siempre luchando en dos frentes, contra el invasor externo y el enemigo interno.
EL MONUMENTO DESPLAZADO: CUANDO LA DEPENDENCIA SE VISTE DE AMISTAD
Avancemos casi un siglo. 1910. Argentina celebra el Centenario de la Revolución de Mayo con la euforia de quien cree haber llegado a la madurez. En Plaza Britania (hoy Plaza Fuerza Aérea Argentina), exactamente donde Güemes capturó la "Justina", se inaugura un monumento al General. Lo muestran heroico, a caballo, conmemorando precisamente la hazaña del barco inglés.
La ubicación era profundamente simbólica: un altar a la soberanía criolla erigido sobre el sitio donde se humilló al imperio.
Seis años bastaron para reescribir el símbolo. 1916. La comunidad británica residente en Argentina "obsequia" al país la Torre Monumental —popularmente conocida como "Torre de los Ingleses"— para conmemorar el Centenario de la Independencia. Se instala exactamente donde estaba el monumento a Güemes, desplazando al héroe a un costado secundario.
La torre, construida con materiales británicos —hasta el reloj venía de Londres—, se alzaba como recordatorio silencioso: el imperio que no pudo conquistarnos con cañones nos había conquistado con libras esterlinas.
LAS VENAS DE ACERO: LA CONQUISTA ECONÓMICA
Esta no era una dependencia declarada, sino consensuada por una élite local que encontraba más rentable y cómodo ser socio menor del imperio que liderar un proyecto nacional autónomo. Los ferrocarriles británicos no fueron impuestos: fueron solicitados, celebrados, considerados símbolo de progreso. Ahí radicaba la genialidad del nuevo colonialismo: convencer al colonizado de que su servidumbre era modernidad.
LA DEPENDENCIA QUE APRENDIÓ A CAMBIAR DE ROPA
ENTONCES (1806-1807)
HOY (Siglo XXI)
La esencia permanece idéntica: la subordinación de las decisiones nacionales a intereses externos. Sólo cambió el lenguaje: antes se hablaba de "rendición", hoy de "acuerdo stand-by". Antes de "tributo", hoy de "servicio de la deuda". Antes de "vasallaje", hoy de "integración al mundo".
LOS PATRIOTAS FANTASMAS DEL PRESENTE
La ingeniería social del siglo XXI perfeccionó lo que las balas realistas no pudieron en el XIX: convencer al pueblo de que su liberación es imposible, ingenua, arcaica. Que obedecer al FMI es "seriedad económica". Que vender los recursos naturales a precio de remate es "atraer inversiones". Que la libertad se reduce a elegir entre múltiples opciones de consumo en el supermercado.
Güemes les dio armas y organización a sus gauchos. El sistema actual les da créditos, pantallas y la ilusión de participación. El imperio aprendió la lección: es más barato y efectivo dominar mediante el consentimiento manufacturado que mediante la fuerza bruta.
LA BATALLA DE LOS MONUMENTOS Y LAS MEMORIAS
Hoy, miles pasan diariamente por Retiro y miran la Torre. La mayoría ignora que bajo sus pies la tierra conserva la vibración del galope de los caballos de Güemes. Ignora que ese espacio fue primero un altar a la osadía soberana y luego el monumento a nuestra condición de colonia económica voluntaria.
Pero la memoria popular es más terco que el mármol importado. En algún rincón de la conciencia colectiva, siguen galopando los Infernales. Son ecos ahora, fantasmas de fantasmas, pero su llamado resuena:
La Torre sigue marcando la hora. Pero es la hora de los acreedores, no la de los gauchos. Es la hora del capital global, no la del trabajo local.
La lección de Güemes —enterrada primero por las balas de los traidores y luego por el mármol de los dependientes— era simple y profunda: la soberanía no se negocia, se ejerce. No se delega, se construye. No se pide prestada, se toma con las propias manos.
El general demostró que hasta los imperios más poderosos pueden ser desafiados cuando un pueblo decide que prefiere la dignidad peligrosa a la sumisión cómoda. Su legado no está en las estatuas relegadas a los costados de las plazas, sino en esa verdad incómoda: Argentina será soberana cuando termine de entender que la independencia no es un hecho del pasado, sino una tarea del presente.
La historia se tuerce, los monumentos se reemplazan, los héroes se convierten en fechas del calendario escolar. Pero la tierra tiene memoria. Y el pueblo, aunque adormecido por décadas de dependencia dulcificada y pensamiento único, conserva en algún pliegue genético el recuerdo de que una vez fuimos capaces de lo imposible.
Cuando Güemes y sus gauchos rodearon aquel barco a caballo, estaban definiendo una ecuación de poder que deberíamos grabar a fuego: el ingenio del pueblo unido puede vencer a cualquier tecnología imperial, si tiene el coraje de creer en su propia fuerza.
Los relojes, como los imperios, tienen la costumbre de detenerse cuando el pueblo decide que es hora de vivir en su propio tiempo. El de Güemes era el tiempo de la osadía. El nuestro sigue por definirse.