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Nació en la ciudad de Buenos Aires en 1952, en la
esquina de la Ex Cangallo y Junín. Se crió entre pinceles (estudió arte desde
los 11 años) y acordes de bandoneones (su padre tiene trayectoria como cantor
de tangos, como autor y compositor). Entre sus maestros se cuentan Ana
Eckell, Diana Aisemberg y Ennio Iommi, Jorge Abot y Demetrio Urruchua. Su primera muestra fue en el año 1969
en el Museo Amancio Alcorta de la Ciudad de Moreno, siendo aún estudiante.
Sus primeras exposiciones individuales tuvieron lugar en los años 1976 y 1977
en la Galería Lirolay. |
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Recibió diversos premios por su
labor plástica. Hizo exposiciones individuales en galerías, museos y otras
instituciones, en Argentina y el mundo. Es docente en universidades y otros
centros de estudios. Desde 1995, auspiciado por el Gobierno de Buenos Aires,
anima el proyecto “Visita didáctica al atelier de un artista”, mediante el
cual pasaron más de 12.000 alumnos de los colegios y otras instituciones. Su
obra abarca la pintura, la escultura, los relieves y los objetos. Y desde
2005 su amor más caro es el continente blanco: nuestra Antártida. |
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"La pintura es mi disciplina por naturaleza, todo parte de ahí, abarcando distintas disciplinas expresivas."
Eso nos dice Alberto Morales de su
arte. Con el Observatorio de Soberanía Argentina General Jorge Edgar Leal quisimos
entrevistarlo en el mes de la Antártida Argentina para que nos cuente de su
viaje en el año 2005 al confín más austral de nuestro territorio bicontinental.
Con su característica amabilidad y
buena voluntad accedió a nuestro pedido de entrevistarlo, y de esa larga charla
sobre su vida, su arte y su compromiso con la Patria y la causa antártica, hoy
hacemos la primera de cuatro entregas para acercarnos a su obra, y a su
militancia por la Soberanía de nuestro País en la Antártida, aquí y en el
mundo. Los invitamos a hacerlo con nosotros:
Observatorio: ¿Estimado Alberto, sabemos que desde pequeño empezaste
con la pintura, cóntanos cómo siguió ese crecimiento artístico?
Alberto Morales: A mediados de los años 80 el crítico de arte y curador
Julio Sapollnik me invitó a trabajar en un espacio para la Galería 264 Arte y
Experiencias, donde realicé la Instalación “El Tenista”, siento que fue un
crecimiento en mi carrera, me di cuenta que podía explorar y expresarme como
artista en otras disciplinas además de la pintura tradicional.
Luego de esta experiencia, he
realizado esculturas, obra gráfica y objetos, pienso que no se trata del
material, si no que se trata de lo que puedes hacer con él. En esta etapa
realicé diversas exposiciones individuales, en Van Riel Galería de Arte, el Centro
Cultural de la Cooperación, en la Ciudad de Buenos Aires, el Museo Castagnino
en Mar del Plata, y colectiva en el Centro Cultural Borges de la Ciudad Buenos
Aires.
Obs: Cuando
tuvimos el placer de visitar tu atelier en el Abasto, vimos esa versatilidad
plástica de tu obra. Pero ¿qué es el arte para Alberto Morales?
A.M.: Hoy te puedo decir que es mi trabajo, que no puedo
dejar de hacer lo que hago, y que es lo que tengo para contar, lo que no puedo
decir de otra manera, y que pinto por una imperiosa necesidad de comunicación. Y
que el arte es lo único que ha sobrevivido en toda la existencia del hombre
sobre la tierra, el hombre siempre lo ha conservado como la huella de su paso
por el tiempo que le toca vivir. El arte es el alma de una sociedad y más allá
de los mercados y los dueños que dictan lo que hay que hacer, creo que, en
algún momento de la historia, en el futuro, se descubrirán los que contaron su
momento a pensar de todo, y esto que te digo no es futurología, ni ningún
sueño, ya pasó en otros momentos de la historia, artistas dejados de lado, en
su momento olvidados después de muertos y descubiertos muchos años después y a
veces siglos.
Obs: Ahora nos gustaría saber cómo un
artista porteño, de la ciudad más cosmopolita y poblada del país, se decidió
viajar a ese casi desierto blanco ¿Cómo fue eso posible?
A.M.: Por
una amiga, que me habló que La Dirección Nacional del Antártico en el año 2004,
para conmemorar el centenario de la presencia argentina en la Antártida, estaba
buscando propuestas artísticas que tuvieran a la Antártida como centro. Bueno,
presenté un proyecto, les gustó, les pareció realizable, y me invitaron a
viajar a la Antártida durante 40 días, para la campaña de verano del 2005, con la misión de incorporarlo como tema
de mi trabajo artístico.
Obs.: Danos
más detalles.
A.M.: El título del proyecto es “Al Sur del Sur,
Antártida Argentina”, que surge de las conversaciones con una amiga
sobre mis conceptos, intenciones y proyectos con la obra. Ella, como periodista
y corresponsal canadiense, tenía relación por su trabajo con la DNA - Dirección
Nacional del Antártico -. Allí se entera del Proyecto Cultural Antártico
Argentino y me presenta al director de la DNA (el Dr. Mariano Memoli), me
cuentan de qué se trata y me proponen que presente una propuesta para
integrarme. Bueno, así fue como presenté mi proyecto. Estuvieron en mi taller,
se interesaron por mi obra, mi actitud como artista, la forma de ser y pensar,
y por supuesto la propuesta. Fue así como un día me llamaron, y que si bien, no
era todo lo que yo proponía, me invitaban a viajar al continente blanco para
integrarme al Proyecto Cultural Antártico Argentino. Soy el primer artista
plástico argentino que viaja al continente blanco en una misión oficial por mi
trabajo como artista.
Obs.: ¿Y cómo es que la DNA tiene esa idea de llevar
artistas argentinos a la Antártida?
A.M.: La idea era la de poder desarrollar una obra con la
temática de la Antártida, si el contacto con esa realidad, la vivencia y la
experiencia de la vida en condiciones extremas generaban en mí, lo necesario
para ese desarrollo. En el viaje de ida nos reúnen y nos cuentan que no éramos
sólo invitados, sino que viajábamos en cumplimiento de una ley, que nunca se
había puesto en práctica, donde se especifica que la DNA dentro de todos sus
mandatos, tiene que procurar producir una cultura Antártica, con la intención
de la difusión de la problemática, en otros ámbitos y públicos no científicos.
Bueno fue así como realicé este viaje que me partió la cabeza.
Obs.: ¿Te partió la cabeza? ¿Tan fuerte fue la
experiencia?
A.M.: La Antártida es literalmente otro planeta. La odias
o la amas. Uno no se puede imaginar lo que es este continente sólo por
relacionarlo con otros conocidos, o por las fotos que pueda ver, estar ahí no
es lo mismo. Yo decía que no podía pintar la Antártida desde el centro de
Buenos Aires con 35 grados de calor, era necesario que sintiera el viento que
sopla todo el día, el frío, el blanco sobre el blanco, el aislamiento del
continente y de la gente que allí trabaja. En la Antártida no hay “hombre originario”.
Vayas para donde vayas jamás vas a encontrar un rastro humano, lo más antiguo
que podes encontrar tiene 105 años de antigüedad, y es argentino, o de las
misiones que Argentina participó desde el principio de todo. Quería entender
cómo lo vive un científico o un militar. Pero en lo que nunca pensé, fue en mi
propio aislamiento, eso fue lo más duro. Uno cuando entra en la Antártida no
sale cuando quiere, todo depende del clima, del capitán del barco, que tiene
sus prioridades, todo, es más-menos 15/20 días, con suerte.
Obs.: ¿Cómo era tu vida en la Antártida?
A.M.: Viviendo en las bases tenía la posibilidad de
integrarme a las expediciones de todos los científicos que realizaban sus
trabajos. Así fue como viví en un refugio a 7 kilómetros de la base, acompañé a
glaciólogos, a los científicos que estudian los mamíferos o las aves. Vivir la
experiencia de estar todo el tiempo al filo del final sin saberlo o tener
conciencia.
No soy un aventurero, ni un
Indiana Jones, no sabía dónde iba, sino que una vez allí sólo lo viví. Armé mi
taller primero en el barco y luego en las bases que visité, y poco a poco vas
sintiendo como desaparece tu omnipotencia, uno no es nada puesto allí, en una
inmensidad que te aplasta, el silencio visual, el sonido del viento todo el día
en el oído, donde no es que no hay nada, pero no hay nada de lo que uno está
acostumbrado cuando está aquí, en el territorio continental. Lo que sí hay, es
esa energía que te aplasta. Tuve para este viaje un patrocinador de pinturas,
así que me dio toda la paleta de sus colores, y cuando llegué allí, sólo era
blanco, negro, gris, azul y naranja cuando baja el sol, y con eso tenía que
pintar.
Lo último que les cuento, es que
me costó mucho más adaptarme a la ciudad cuando volví, que adaptarme a la
Antártida. Para mi trabajo todo fue un antes y un después de ese viaje, a
partir de ese encuentro he desarrollado una obra con la problemática Antártica
que abarca las disciplinas de pintura, litografías, serigrafía, monocopias y
fotografías, que son, junto con la memoria, el material que me ayudó al
desarrollo del proyecto.
Obs.: Y Alberto, no sé cómo preguntarte. Algunas obras las
habrás empezado en la Antártida (porque nos contaste que para finalizar una
obra te lleva mucho tiempo, semanas), pero ¿cómo hiciste toda esta enorme
producción, que sigue dando frutos 20 años después?
A.M.: Durante
el viaje trabajé en pequeños bocetos, apuntes, pinturas y fotografías, que
luego, en mi taller se tradujeron en Obra, fruto de la experiencia vivida, y
esa experiencia, emociones y sentimientos, son las que siguen dando frutos hasta
la fecha.
Siempre amé a mi Patria, pero
después de mi viaje a la Antártida la amo mucho más. Quiero que mi obra sirva
como testimonio para reafirmar nuestros derechos soberanos, sobre un territorio
que habitamos de manera permanente, primeros que todos, hace más de 120 años.
En este contexto, puedo decirles,
que mis exposiciones más relevantes de esta etapa han sido, Sur Polar en México,
y en Argentina, en la Casa Rosada, Presidencia de la Nación, La Noche de los
Museos, Centro Cultural Borges, Museo Marítimo de Ushuaia, Museo del Hielo en
El Calafate. También viaje invitado a Europa para mostrar mi obra antártica.
Obs.: Cuando te conocimos, y la primera vez que hablamos, nos dijiste
que ese viaje a la Antártida fue iniciático ¿por qué?
A.M.: Durante
las entrevistas con la DNA previa al viaje nunca quise preguntar ni averiguar
nada de a dónde iba, o cómo era el lugar, porque no quería viajar con
prejuicios, y llegar allá y después decir “uy, yo pensé… yo creí… yo estimaba…
yo pensaba…”, y encontrarme con otra cosa. Quise viajar con ojos de niño, o sea,
con los ojos limpios, con la cabeza y el alma limpia. Llegar allá y encontrarme
con ese espacio que no tenía idea de qué se trataba, y que me sorprendiera. Que
viviera lo que tenía que vivir, y resolver lo que tuviera que resolver en el
momento. Era vivir el día a día, hora a hora. Conocer y reconocer todo ese
nuevo espacio, todo ese nuevo mundo, del que no tenía idea más que con fotos que
alguna vez vi. Pero una cosa son las fotos, y cosa es sentir el viento todo el
día en la cara, sentir el soplo del viento en los oídos, el frío, las noches,
los almuerzos y la cena conviviendo con todas las personas que trabajan ahí,
los científicos, la gente de mantenimiento, los militares, que son los que se
ocupan de toda la logística. Para algunos yo era como un bicho raro.
Obs.: Cóntanos cómo transcurrían tus días
en la Antártida.
A.M.: Yo me dediqué solamente a trabajar,
a ver, estudiar, y a charlar con todos para ver qué veían ellos. Esta gente que
trabajaba ahí durante tanto tiempo (la invernada pueden ser 14 meses, a veces)
quería saber cómo la vivían, cómo la sentían, qué pensaban, qué cosas veían. Y
bueno, obviamente, cada uno tenía su propia experiencia y vivencia. Yo me iba
nutriendo de eso porque me ayudaban a ver otras cosas que yo no veía, y fue así
que pude armar mi taller en las bases antárticas argentinas, tanto en la base Jubany
como en la base Esperanza. Hay muy pocas posibilidades que artista pueda tener
su taller en la Antártida, bueno, yo estuve en las dos bases argentinas, y ahí
me limité, como les digo, a vivir el día a día, a caminar, a fotografiar (me
documenté fundamentalmente con fotografías) y trabajar al aire libre. No era
muy fácil.
Obs.: ¿Y cómo fue volver a la poblada,
ruidosa y luminosa Capital Federal?
A.M.: Cuando llegué de vuelta a Buenos
Aires, a mi taller, recién ahí pude empezar a ver y entender qué me había
pasado, porque la verdad que me costó más adaptarme a Buenos Aires cuando volví,
que adaptarme a la Antártida. Allá me integré naturalmente. Me fascinó ese
lugar. Como les decía al principio, a la Antártida, uno no tiene términos
medios, o la amas o la odias. Hay gente que puede decir “qué hago acá, si no
hay nada, hace mucho frío, no sé qué hacer y no tengo dónde ir…”. Yo me enamoré
de ese espacio, y es lo que quiero transmitir en mi obra, ese enamoramiento. Y
como les decía, me costó mucho tiempo, me costó casi tres meses poder entender
qué me había pasado. Tres meses que estaba como flotando. No entendía nada. Ese
viaje iniciático me enseñó que no hay muchas cosas importantes, para mí fue
quedarme sólo con cuatro o cinco cosas importantes.
Obs.: ¿Y cuáles serían esas cosas
importantes para Alberto Morales?
A.M.: Las cosas
esenciales. Siempre busqué en mi obra llegar a la esencia de las cosas. Creo
que en este viaje iniciático a la Antártida pude ir encontrando esas cosas
esenciales, que son las que quiero transmitir en mi obra. Todas las obras que
ustedes van a ver, toda la obra que yo realicé a partir de ese viaje en la
tarde del 2005 hasta la actualidad, es todo el desarrollo que fui haciendo de
esta obra desde que empecé a entenderla, pues siempre me consideré un artista no
figurativo, y tuve que volver a la figuración, para entender y comprender,
como los niños, cuando empiezan a dibujar y a pintar los monigotes y los
garabatos que hacen, para tratar de ver qué pueden hacer con un lápiz, o un
crayón, porque lo que están en realidad
haciendo es conociendo y reconociendo el mundo que los rodea. Yo tuve
que volver a la figuración para conocer y reconocer ese mundo que me rodeaba
que era absolutamente distinto a vivir en plena capital Federal. Yo soy
absolutamente porteño nací en la calle Cangallo y Junín, viví siempre en el
cemento; toda esa trayectoria, desde esas obras absolutamente figurativas,
hasta lograr la síntesis que yo hacía con la pintura no figurativa, es todo ese
trayecto que me llevó a hacer toda esta obra que realizo hoy.
Ahora estoy trabajando haciendo esculturas de una de las cosas más
fuertes que me quedaron de la Antártida, que es la presencia del horizonte que
lo tenés todos los 360° grados de donde estés parado porque estás en el Polo
Sur. Vayas para donde vayas siempre vas a encontrar un horizonte. Tenes la
sensación de poder ir a ver qué hay del otro lado del horizonte, pero nunca
llegas. Cuando crees llegar a ese horizonte, lo que vas a ver en la Antártida,
es que hay otro horizonte, y después otro, y otro más.
Esa presencia tan fuerte del horizonte lo tomé como una metáfora de
futuro. Donde sale el sol, o donde se pone el sol, es una experiencia de vida que
cada uno de nosotros tenemos. Decir que tenemos un horizonte es decir que
tenemos un futuro donde queremos llegar de determinada manera. Me preparo para
esos. Yo quiero ser artista, pero hay otros que quieren ser médicos, ingenieros,
comerciantes, presidentes…Ese es su futuro, ese es el horizonte, y estoy
utilizando esas imágenes de los horizontes antárticos como metáfora de la
visión de futuro del ser humano, y hay tantos horizontes cómo seres humanos hay.
Eso me permite una gran posibilidad creativa en distintas formas, colores,
tamaños. Eso es lo que estoy haciendo ahora. Pero ahora los invito un café y
después si quieren les sigo contando de mis obras, de mis viajes, de lo que
estoy haciendo, y de “mis” horizontes, de lo que quiero hacer. ¿Les
parece?
Obs.: ¡Nosotros
encantados Alberto de compartir ese café! Y de que nos sigas contando de tus
obras, pero nos interesa conocer mucho de tus viajes y de tus proyectos.
*La próxima semana seguimos
haciendo Patria desde la cultura y el arte con Alberto Morales. Cómo un artista
se vuelve militante.