Mientras los bombardeos arrasan Medio Oriente y Milei alinea a nuestro país incondicionalmente con Estados Unidos e Israel —celebrando la muerte del ayatolá Khamenei y elevando la alerta en embajadas—, Argentina ya siente las consecuencias de una guerra que no nos pertenece, con el petróleo disparado un 13% agravando nuestra inflación, argentinos varados y la sombra de los atentados de los años 90 proyectándose sobre nuestra comunidad, todo por una maniobra imperial que busca ocultar crisis internas y archivos Epstein bajo sangre y destrucción; por eso hoy alzamos la voz: esta guerra es el fracaso de la humanidad, y desde el Sur Global tenemos la obligación de exigir paz antes de que el fuego nos consuma a todos.
La guerra santa de Milei con EEUU expone a
Argentina al holocausto
Como Observatorio de Soberanía Argentina, no podemos soslayar el hecho de los acontecimientos que nos tienen acostumbrados la política de Tavistok y el Sionismo Genocida, donde el mundo vive de shock en shock para facilitar la manipulación de masas.
En medio de los estertores del sonido de muerte y destrucción en medio oriente, en nuestro país se oye el eco de la crisis económica que resuena como un tambor perpetuo, la noticia de los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel contra Irán ha caído como una bomba lejana pero ominosa. Bajo el gobierno de Javier Milei, Argentina se ha alineado incondicionalmente con Washington y Tel Aviv, celebrando la muerte del ayatolá Ali Khamenei como un "golpe a la tiranía" y evocando el atentado de 1994 contra la AMIA –atribuido a Irán– para justificar su postura. Sin embargo, esta adhesión ciega no solo ignora la soberanía iraní, sino que expone al país a las repercusiones catastróficas de una guerra que huele a imperialismo puro y duro con un potencial genocidio en cámara lenta.
El conflicto, que estalló el 28 de febrero con bombardeos masivos contra instalaciones nucleares, misilísticas y gubernamentales en Teherán y otras ciudades, ha escalado rápidamente a un intercambio de misiles que involucra a proxies -grupos que responden a intereses de alguno de los países beligerantes - iraníes como Hezbolá y los hutíes, en estado de alerta se encuentra Corea del Norte, China y Rusia, por su parte Israel y aliados como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos Qatar, y en las últimas horas Francia, Inglaterra y Alemania. El presidente Donald Trump, en un tono belicista que evoca sus campañas electorales, ha prometido "vengar" las muertes de tres soldados estadounidenses y continuar las operaciones hasta "cumplir todos los objetivos", que incluyen un cambio de régimen y la destrucción total del programa nuclear iraní, en el ataque fueron asesinadas más de cien niñas al caer un misil en una escuela. Irán, y no es casualidad, es para romper la cohesión social dentro del país, no se escapo un misil, fue adrede, por su parte, ha respondido con ataques con misiles y drones iraníes alcanzando e impactado en múltiples lugares del Medio Oriente, principalmente enfocados en Israel, bases estadounidenses y áreas del Golfo Pérsico. Los objetivos incluyen áreas residenciales y bases militares en Israel (Tel Aviv, Jerusalén, Beit Shemesh), instalaciones en Dubái (EAU), y bases en Qatar, Kuwait y Bahréin. Esta no es una "operación quirúrgica", como la pintan los portavoces occidentales; es una agresión que huele no solo a petróleo y a hegemonía sino a la filtración selectiva de archivos Epstein (que incluyen nombres como Trump y otros políticos) esto fue usado por "banqueros sionistas" o el "Clan Epstein" para presionar a Trump a atacar Irán. El momento del ataque fue justo en "pleno apogeo" de las revelaciones y como nada es casual en este mundo. Epstein recolectó "videos sucios" para extorsionar a líderes como Trump. El profesor Jeffrey Sachs (citado en discusiones) cuestiona si el ataque tiene "algo oculto en los archivos de Epstein".
La narrativa occidental en nombre de la libertad, solo esconde la necesidad de esconder la burbuja económica que está a punto de reventar, en virtud de que Estados Unidos se comporta como el matón del barrio que cobra por protección a los trabajadores y mientras tanto malgasta el dinero en una timba financiera imposible de sostener, tiene que generar conflictos para mantener su frente interno y, por el otro lado imponer su poderío al resto del mundo y sobre todo a Hispanoamérica, y por otra parte “demostrar” su poderío a otras potencias en como China y Rusia, esta incursión nos recuerda a las invasiones de Irak y Libia, donde el "cambio de régimen" dejó un rastro de caos y muerte.
Desde Argentina, para algunos esta guerra se ve no como una lejana disputa teocrática, para el Observatorio es un espejo deformado de nuestra propia historia de intervencionismo extranjero. Bajo Perón, la "tercera posición" buscaba un equilibrio entre bloques, rechazando tanto el capitalismo yanqui como el comunismo soviético, para priorizar la soberanía y el desarrollo nacional. Hoy, con Milei al timón, esa tradición se ha invertido: el gobierno ha elevado “La Alerta” de seguridad a "ALTO" en sitios sensibles, como sinagogas y embajadas, temiendo represalias por su apoyo explícito a los ataques.
Como Observatorio no podemos permanecer indiferentes, esta alineación asimétrica de Relaciones Carnales II con E.E.U.U no solo es una traición a la neutralidad histórica. "Milei nos arrastra a un conflicto ajeno, exponiéndonos a riesgos innecesarios". De hecho, aunque el gobierno evoca la AMIA para justificar su postura, ignora que esa tragedia fue un pretexto para profundizar la dependencia de EE.UU., no para resolverla.
Las consecuencias catastróficaspara Argentina son palpables y multifacéticas. Económicamente, el precio del petróleo ha saltado un 13% en las primeras horas, exacerbando la inflación crónica que ya azota al país –un importador neto de combustibles– y amenazando con desestabilizar una economía frágil, dependiente de exportaciones agrícolas que podrían verse afectadas por disrupciones globales en el comercio. Cientos de miles de viajeros están varados en aeropuertos, y el flujo de remesas desde argentinos en el Golfo –una región con comunidades expatriadas– podría colapsar si el conflicto se expande. En términos de seguridad, la elevación del alerta no es mera precaución: con una comunidad judía numerosa y un historial de atentados vinculados a tensiones medio orientales, Argentina podría convertirse en un objetivo colateral, reviviendo fantasmas de los años 90. Pero lo más alarmante es el riesgo global: con ataques a instalaciones nucleares iraníes, el espectro de una contaminación radiactiva o un intercambio atómico acecha, evocando un Armagedón que no respeta fronteras. En el Sur Global, donde naciones como Brasil han condenado los ataques como una violación al derecho internacional, Argentina se aísla al unirse al coro imperialista.
El Observatorio, alineado con principios como los propuestos por Helga Zepp-LaRouche en 2022 –que abogan por una arquitectura de seguridad basada en la coexistencia pacífica y el desarrollo mutuo–, urge a un cese inmediato de hostilidades y a un diálogo multilateral bajo la ONU. "Si no se detiene, esta guerra no solo devastará Irán, con sus civiles atrapados en un ciclo de bombardeos indiscriminados, sino que arrastrará al mundo a un abismo nuclear, donde el Sur Global pagará el precio más alto en términos de inestabilidad económica y migratoria forzada".
En última instancia, esta narrativa desde Argentina no es solo un lamento local; es un llamado a repensar el paradigma global. Inspirados en los diez principios de Zepp-LaRouche, que rechazan la geopolítica de bloques y promueven la creatividad humana sobre la destrucción, la verdadera seguridad radica en el desarrollo compartido, no en misiles. Si el mundo ignora esta lección, el "barco común" de la humanidad –como lo describe el principio octavo– podría hundirse en un mar de radiación y ruinas. Es hora de que el Sur Global, incluido un Argentina que recuerde su herencia no alineada, eleve la voz contra este ciclo de violencia imperial.
Nosotros, alzamos hoy la voz con una certeza absoluta:
La guerra es el fracaso de la humanidad.
Cada bomba que cae, cada ciudad que arde, cada niño que muere bajo los escombros, cada familia destrozada, cada veterano que carga para siempre el horror en la mirada, es una herida abierta en el cuerpo colectivo de la especie humana. No hay vencedores en la guerra: solo hay perdedores, supervivientes y verdugos que tarde o temprano se convierten también en víctimas de su propia lógica destructiva.
Rechazamos la idea de que la guerra sea inevitable.
Rechazamos que la guerra sea la continuación de la “política por otros medios”.
Rechazamos que exista una “guerra justa”.
La guerra nunca defiende valores: los destruye.
La guerra no libera pueblos: los esclaviza a más odio, más miedo y más venganza.
La guerra no resuelve conflictos: los multiplica y los eterniza.
Denunciamos:
A los gobiernos que eligen la muerte masiva antes que la diplomacia real y creativa.
A las industrias armamentísticas que lucran con cada cadáver y sobornan conciencias para seguir vendiendo destrucción.
A los medios que convierten la barbarie en espectáculo y normalizan el lenguaje de la guerra (“daño colateral”, “bajas aceptables”, “objetivos neutralizados”).
A las élites que envían a los hijos de los pobres a matarse entre sí mientras ellas permanecen a salvo.
A quienes justifican la violencia de “su bando” mientras condenan la del otro, practicando el cinismo selectivo.
Afirmamos:
La vida humana es sagrada en todas partes, sin excepciones ni jerarquías.
Ningún territorio, recurso, bandera, religión o ideología vale más que la existencia de un solo ser humano.
La verdadera seguridad no se construye con tanques, misiles o drones, sino con justicia social, igualdad, acceso a la educación, salud, agua, alimento y respeto mutuo.
La única guerra legítima es la que se libra contra la pobreza, el hambre, el cambio climático, la desigualdad y la destrucción del planeta.
Por eso desde el observatorio llamamos a:
Parar inmediatamente toda hostilidad armada en curso y sentarse a negociar sin condiciones previas de victoria.
Desmantelar progresivamente los arsenales nucleares y reducir drásticamente el gasto militar mundial.
Convertir las fábricas de armas en fábricas de energías limpias, hospitales, escuelas y viviendas.
Educar a las nuevas generaciones en la resolución pacífica de conflictos y en la empatía radical.
Desarmar el discurso del odio y la propaganda belicista en redes, medios y discursos oficiales.
Construir redes globales de solidaridad que hagan imposible que un pueblo quede solo frente a la agresión.
Hoy, en un mundo que otra vez coquetea con el abismo, decimos con claridad y sin miedo:
¡Basta de guerras!
¡No más sangre por fronteras, por petróleo, por gas, por orgullo nacional o por supremacías!
¡La paz no es utopía: es la única opción racional y moral que le queda a la humanidad!