La guerra de Malvinas no fue un estallido repentino ni el producto de un único error de cálculo. Detrás del 2 de abril de 1982 hubo una larga acumulación de tensiones, antecedentes navales, lecturas equivocadas, inteligencia disponible y decisiones políticas tomadas a ambos lados del Atlántico. Esta nota reconstruye esa trama profunda: desde la disputa histórica entre la Argentina y Gran Bretaña hasta la forma en que Londres y sus Aliados de la OTAN transformaron información, oportunidad y estrategia en una ventaja decisiva para proyectar poder no solo sobre las Malvinas sino sobre la Antártida.
El largo aliento de una rivalidad histórica

En 1964 Perón escribió sobre su derrocamiento en 1955: “El imperio británico celebró mi caída como una victoria típicamente inglesa. Ante una Cámara de los Comunes delirante de entusiasmo, Winston Churchill desencadenó todos los fuegos de artificio de su pirotecnia verbal. Señaló que mi derrota era para el Imperio, un hecho tan importante como la Segunda Guerra Mundial y que no se me daría tregua ni cuartel, hasta el final de mis días.”

Harry Ferns, el célebre historiador inglés contemporáneo, en el Tomo I de su obra dedicada a la Argentina, nos da algunas de las razones de los festejos de Churchil cuando señala que antes del acceso de Perón al poder, “la Argentina absorbía entre el 40 y el 50% de todas las inversiones fuera del Reino Unido”. (pag. 397)

¿Qué había hecho Perón para que Churchill lo considerase un enemigo de tales dimensiones? Algo muy simple: declarar y hacer efectiva la Independencia Económica del país, que fue solemnemente jurada por todo el gobierno en Tucumán el 9 de Julio de 1947. La puesta en marcha de esa Independencia Económica, consistía en revertir y recuperar para los argentinos, los tres millones de kilómetros cuadrados de la geografía que nos quedaba.

Esa Argentina primaria del pasto y de la vaca inglesa fue reemplazada por la Nueva Argentina industrial, tecnológica y científica. La Argentina de Perón, consolidada jurídicamente en la Constitución Nacional de 1949, era la puesta en marcha del ideal de los próceres precursores de Mayo de 1810. Era la revancha contra el brutal colonialismo que nos había impuesto Gran Bretaña, durante un siglo y medio

Si tenemos en cuenta que durante el decenio 1946/55 Inglaterra tuvo que resignar ante Ghandi su presencia en la India, y que Mohamed Mossadegh había puesto fin a los intereses ingleses en el petróleo de Irán, comprenderemos la gravitación que nuestro país tenía en 1955 en el derrumbe del Imperio Británico.

El reconocimiento que los Estados Unidos hicieron al poder de Perón y de la Argentina Justicialista fue lo último que pudo soportar la metrópoli londinense de su ex colonia. El acuerdo Perón-Eisenhower con respecto a la explotación petrolera a través de la “California Argentina” iba a alejar por siempre de estas tierras a la Gran Bretaña y a las otras potencias europeas asociadas.

Fue entonces cuando Inglaterra se lanzó a la reconquista de la Argentina. Utilizó para tal fin dos fuerzas tradicionales y muy eficaces: sus diplomáticos y sus servicios del MI 6. Con respecto a ellos dice Ferns: “Si el arte de la diplomacia consiste en inducir a otros a tomar decisiones que uno desea que ellos tomen, los agentes británicos en la Argentina practicaron ese arte con grandes resultados. Los agentes diplomáticos británicos piden moderación a los actores cuando éstos manifiestan sus feroces inclinaciones contra el Imperio, les hacen zancadillas cuando avanzan demasiado o bien dan un empellón a otros en la dirección que les parece conveniente”.(T. I pags. 296-299)

El General Perón desde su exilio escribía a Scalabrini Ortíz con respecto al Reino Unido: “Usted es uno de los intelectuales argentinos que siempre vio claramente el enemigo real”.

Y en su recordado y poco difundido trabajo sobre los episodios de 1955 decía: “Quizá un error de nuestra parte fue no haber considerado siempre a nuestro gobierno como una etapa de la lucha secular contra Inglaterra que se inicia con las invasiones inglesas”.

De esta manera se iba cumpliendo lo que escribe el historiador británico H. Ferns en el 2° tomo de su obra sobre la Argentina. Allí leemos lo siguiente: “Como no sea mediante una guerra civil devastadora, resulta difícil imaginar cómo puede deshacerse la revolución efectuada por Perón” (pág. 247). En general los textos ingleses de la época no ocultan su preocupación por el problema. La cuestión se hace acuciante hacia 1972, cuando el General Perón confirma solemnemente su voluntad de regresar a su Patria.

1977: El precedente que demostró que disuadir se podía

Ted Rowlands
“As well as trying to read the mind of the enemy, we have been reading its telegrams for many years.”
Ted Rowlands, Camara de los Comunes, 3 de abril de 1982.

Traducción de Google automática
"Además de tratar de leer la mente del enemigo, hemos estado leyendo sus telegramas durante muchos años".
— Ted Rowlands, Cámara de los Comunes, 3 de abril de 1982

Una guerra que no nació de un solo error

La tesis de esta nota es que la guerra de 1982 no puede reducirse a una 'falla total de inteligencia' británica ni a una simple conspiración exterior que habría empujado mecánicamente a la Argentina al conflicto. Es un conjunto multidimensional que lo demuestran las distintas fuentes oficiales, académicas y no oficiales es una articulación compleja: el Reino Unido disponía de inteligencia relevante que la transformó en ventaja, a efectos que nunca más Argentina desafíe a la Corona Británica.

Los Británicos dejaron hacer; la Junta leyó señales británicas y norteamericanas como si fueran permiso; y el gobierno argentino mordió el anzuelo, para abril de 1982 las vulnerabilidades políticas eran muy distintas. En Londres pesaron la oportunidad y la diplomacia hizo el resto, la lógica atlántica y el cálculo de no escalar prematuramente, no era que no querían sino poner a la Comunidad Internacional contra Argentina como país agresor. En Buenos Aires pesaron la crisis de legitimidad del régimen, la competencia entre fuerzas y la ilusión de una operación rápida, nacionalista y administrable.

Antes de Galtieri: el antecedente de Isabel Martinez

El conflicto no empezó en 1982. Bajo el gobierno de Isabel Martinez ya se había producido un episodio grave en el Atlántico Sur: el 4 de febrero de 1976 el destructor ARA Almirante Storni interceptó al buque británico RRS Shackleton y efectuó disparos de advertencia. El Parlamento británico lo trató de inmediato como un acto peligroso e ilegal. Ese antecedente importa porque muestra que la combinación entre reclamo soberano, demostración material de fuerza y cálculo político venía de antes del Proceso. Operación Rosario fue, en parte, una radicalización de una secuencia previa y no una improvisación surgida de la nada.

Que significo este incidente en clave doctrinaria para Argentina

La lógica de la Armada argentina en ese episodio era bastante clara: presencia, vigilancia y afirmación material de soberanía en el Atlántico Sur. No era solo “un barco molestando a otro”, sino la aplicación práctica de una idea que Argentina ya venía sosteniendo desde antes: que el mar adyacente, la plataforma continental y sus recursos formaban parte de un espacio propio que debía ser controlado y defendido. Esa línea venía de la noción de mar epicontinental afirmada por Argentina en 1946 y se reforzó jurídicamente con la Ley 17.094 de 1966, que extendía la soberanía argentina en el mar hasta 200 millas marinas. RepHip UNR

En ese marco, la doctrina naval argentina de los setenta no puede leerse separada de tres ideas: soberanía, recursos y control efectivo del espacio marítimo. Para Buenos Aires, un buque británico haciendo relevamientos en torno a Malvinas no era una simple misión científica neutral, sino un acto con implicancias de soberanía y eventual explotación económica. Por eso el incidente del RRS Shackleton fue tan sensible: según Hansard, el buque estaba a 78 millas al sur de Cabo Pembroke / Port Stanley, es decir, dentro de la zona que Argentina entendía alcanzada por su reclamo marítimo; y el propio debate británico admitía que los argentinos intentaron incluso arrestarlo. Ver fuente

Entonces, la “doctrina de la Armada” ahí fue, en lo concreto, esta: si un actor extranjero actúa en un espacio que la Argentina considera bajo su soberanía o jurisdicción, la Armada debe aparecer, intimar, disuadir y, si hace falta, forzar el cumplimiento de la posición argentina. El uso del ARA Almirante Storni no fue casual: era la forma de transformar un reclamo diplomático en un hecho naval. En otras palabras, no bastaba con protestar; había que demostrar en el mar que la Argentina estaba dispuesta a ejercer poder. Ley 17.094 Argentina

Por eso el incidente de febrero de 1976 importa tanto. No fue todavía la lógica de 1982, pero sí fue una anticipación doctrinaria: la Armada actuando como instrumento de soberanía en Malvinas y el Atlántico Sur, con la convicción de que la cuestión no era solo diplomática sino también operacional. El propio Franks Report recordó después que, tras el episodio, el Reino Unido volvió a examinar opciones militares, lo que muestra que no se trató de un simple roce marítimo, sino de un choque serio de concepciones soberanas. Franks Report 1983

La larga incubación naval de una idea de guerra

Mucho antes del 2 de abril de 1982, la recuperación militar de las Islas Malvinas ya circulaba en ciertos núcleos de la Armada argentina no como una improvisación, sino como una hipótesis de trabajo, una idea persistente y una aspiración estratégica incubada durante décadas. La figura del almirante Jorge Isaac Anaya condensa como pocas esa continuidad. Su nombre quedó asociado a la decisión final de ocupar las islas, pero las fuentes disponibles permiten inscribir su papel en una tradición doctrinaria más amplia, anterior a la guerra y profundamente ligada a la cultura institucional naval.

En torno de Anaya existe una referencia reiterada a una tesina o trabajo elaborado en la Escuela de Guerra Naval sobre la ocupación de las Malvinas. El problema, para cualquier reconstrucción rigurosa, es que ese documento no aparece hoy accesible de forma pública. Lo que sí aparece en fuentes institucionales y periodísticas es una coincidencia de fondo: la idea de recuperar las islas por la fuerza estaba presente en su trayectoria desde mucho antes de 1982, y su paso por la Escuela de Guerra Naval forma parte de ese itinerario. La propia publicación de la Escuela de Guerra Naval sostiene que desde esos años Anaya ya tenía el anhelo de “reconquistar” Malvinas, tesis luego reforzada por reconstrucciones periodísticas que atribuyen a su formación y a su experiencia europea una consolidación temprana de esa obsesión.

1977: la crisis que Londres sí quiso disuadir

La gran diferencia con 1982 aparece en la crisis de 1977. El Informe Franks reconstruyó que, tras la presencia argentina en Southern Thule, la inteligencia británica consideró posible una acción más amplia sobre Malvinas y detectó incluso la existencia de un plan de contingencia argentino para una operación conjunta de la Armada y la Fuerza Aérea. La respuesta británica fue enviar en secreto un submarino nuclear y dos fragatas, en la operación conocida después como Journeyman. La lógica fue inequívoca: señal temprana, fuerza creíble y silencio diplomático para no humillar al adversario. En 1977 el problema fue leído como una amenaza militar concreta; en 1982, en cambio, se lo siguió leyendo demasiado tiempo como un asunto negociable.

1982: inteligencia disponible, jerarquizacion tardia

La frase de Ted Rowlands del 3 de abril de 1982 - 'hemos estado leyendo sus telegramas durante muchos anos' - suele invocarse como prueba de que Londres sabia todo. Pero esa inferencia es excesiva. La cita demuestra que existian capacidades de interceptacion diplomatico-militar; no demuestra, por si sola, que el gobierno britanico dispusiera de una imagen operacional completa ni que hubiera recibido con anticipacion suficiente la decision final argentina. El propio Franks sostuvo que la primera indicacion positiva de una invasion inminente llego recien el 31 de marzo y que la decision final en Buenos Aires probablemente fue adoptada muy tarde. Es decir: habia inteligencia, pero no una certeza politica lo bastante temprana como para activar en tiempo util una disuasion comparable a la de 1977.

El momento Thatcher, Crypto AG y la pregunta del millón

La coyuntura britanica era dificil. La recesion habia sido profunda, el desempleo habia trepado con fuerza entre 1979 y 1982 y el costo social del experimento economico conservador era visible. Eso ayuda a entender por que, luego de la guerra, Thatcher aparecio como una dirigente revigorizada. Pero la mejor literatura no avala una lectura mecanica segun la cual 'necesitaba' Malvinas para sobrevivir. El estudio clasico de Sanders, Ward, Marsh y Fletcher concluyo que el efecto Falklands sobre la popularidad conservadora fue acotado y transitorio, y que la recuperacion ya venia siendo impulsada por factores macroeconomicos previos, especialmente tras el presupuesto de Geoffrey Howe de 1982. La guerra fortalecio a Thatcher. Cambridge reassessment Brookings

La historia de Crypto AG agrega un elemento decisivo, pero conviene ubicarlo con precision. La compra secreta de la firma suiza no fue britanica sino de la CIA y el BND aleman. Eso permitio durante decadas leer trafico cifrado de numerosos paises, entre ellos clientes del Cono Sur. Distintas reconstrucciones muestran que durante el conflicto Londres recibio inteligencia de enorme valor por esa via y por otras redes SIGINT; el propio GCHQ afirma hoy que produjo el 90 por ciento de la inteligencia de la campana. Sin embargo, esa superioridad no debe confundirse con omnisciencia retrospectiva. NSA Archive Crypto AG GCHQ Brahms

¿Fue la Argentina empujada por otros actores?

La hipotesis de una Argentina empujada por otros actores puede sostenerse. Los Estados Unidos convencieron a Galtieri que era como Patton, los Británicos por otra parte daban señales de debilitamiento. Como el retiro del Endurance y la reduccion de capacidades extra-OTAN -, hubo una relacion de cooperacion hemisferica con Washington que la Junta leyo de manera excesivamente optimista, y hubo tambien un episodio en Georgias del Sur que acelero la cronologia. La trampa fue perpetrada con el mayor sigilo, una conexión con la llamada guerra contra la subversión sin entender que era un cebo, la violación a los derechos humnos, permitida por Kissinger, y una supuesta alianza anticomunista en América Latina a través del plan cóndor, sobredimensionada por la Junta Militar, sin entender que el aliado natural era Gran Bretaña y no Argentina.

La pregunta del millón

¿Por qué Londres no hizo en 1982 lo que habia hecho en 1977 ? No porque no pudiera, sino porque vio la oportunidad, de quedarse con la joya del Atlántico Sur, a un costo relativamente económico para los deseos imperiales geopolíticos y la proyección sobre la Antártida. No es casual que la extracción de Petróleo en Malvinas se haga en conjunto con empresas Israelies, esta claro que para Israel, atacar el Libano y conformar la gran Israel, para quedarse con Qtar Baherin, y Emiratos Arábes le proporcionaría la administración de materias primas escenciales para dominar el mundo, en el mientras tanto lo hace con su socio Gran Bretaña desde Malvinas, para sostener el esfuerzo de guerra contra Irán.

La Paz que no fue
La mediación de Belaúnde Terry: la última puerta antes del abismo

Cuando la guerra todavía no se había vuelto irreversible, hubo en América Latina un intento serio de detenerla. No fue una declamación retórica ni un gesto ceremonial de solidaridad regional, sino una mediación concreta, personal y contrarreloj. Fernando Belaúnde Terry entendió antes que muchos que el Atlántico Sur podía convertirse, en cuestión de horas, en el escenario de una guerra abierta entre una potencia atlántica y una nación sudamericana aislada. Desde Lima buscó abrir una salida que no humillara a la Argentina, que no forzara a Gran Bretaña a reconocer una derrota diplomática y que, al mismo tiempo, congelara la lógica militar antes de que los hundimientos y los bombardeos volvieran políticamente imposible cualquier transacción.

La propuesta peruana no fue menor. En la documentación diplomática norteamericana aparece como una fórmula de siete puntos: cese del fuego inmediato, retiro mutuo y no reintroducción de fuerzas, administración transitoria por un grupo de contacto y un plazo para alcanzar una solución definitiva. En esa arquitectura se condensaba una intuición política de notable lucidez: si la guerra seguía avanzando al ritmo de las operaciones navales, ya no habría lugar para la diplomacia; pero si la diplomacia lograba instalar un intervalo, por breve que fuera, todavía podía evitarse que la recuperación argentina terminara absorbida por una derrota militar y que Gran Bretaña transformara la crisis en una restauración armada de su autoridad atlántica.

Allí radicó, precisamente, la singularidad de Belaúnde. No actuó como un tercero abstracto sino como un mediador que intentó volver políticamente tolerable, para ambas partes, una salida intermedia. Londres admitió públicamente que había examinado con seriedad ese esquema de administración transitoria y retirada supervisada. Pero a medida que la guerra se espesaba, las condiciones de posibilidad de la propuesta se fueron estrechando. Cada hundimiento endurecía a los gobiernos, cada gesto militar reordenaba las prioridades y cada hora reducía el margen para una fórmula que solo podía prosperar si era aceptada antes de que el conflicto produjera sus propios hechos consumados.

Visto en perspectiva, el fracaso de la mediación peruana no fue solo el fracaso de una propuesta. Fue también la derrota de una idea: la de una salida sudamericana y negociada para un conflicto que Londres ya empezaba a reencuadrar en términos de legitimidad internacional, agresión y restauración del orden. Perú siguió moviéndose incluso después, como muestran los registros argentinos sobre la «Nueva fórmula de paz en el Atlántico Sur» y la conversación telefónica entre Belaúnde Terry y Costa Méndez. Pero para entonces la guerra ya había ganado velocidad propia. La mediación peruana quedó así como una de las últimas ocasiones en que el conflicto pudo haber salido del registro militar para volver, aunque fuese de modo precario, al terreno de la política.

La Propuesta Norteamericana

La gestión más importante fue la propuesta de paz peruana de siete puntos, que Belaúnde impulsó trabajando muy de cerca con Alexander Haig y con apoyo de Washington. El esquema, tal como figura en la documentación oficial estadounidense de 5 de mayo de 1982, preveía un cese del fuego inmediato, el retiro simultáneo y la no reintroducción de fuerzas, y la instalación provisional en las islas de un grupo de contacto integrado por Brasil, Perú, Alemania Federal y Estados Unidos. Ese grupo debía verificar la retirada, velar por el cumplimiento del arreglo interino y conducir a las partes a un acuerdo definitivo antes del 30 de abril de 1983. Además, el texto hacía reconocer a ambos gobiernos que existían posiciones conflictivas sobre el estatus de las islas y disponía que en la solución final debían ser consideradas las aspiraciones e intereses de los isleños.

Las enseñanzas de la Guerra

Malvinas no fue solamente una guerra perdida en el campo militar: fue la consecuencia de una secuencia histórica más profunda, en la que confluyeron una vieja disputa imperial, errores de apreciación de la dirigencia argentina, inteligencia estratégica aprovechada por el Reino Unido y una estructura internacional que jamás dejó de favorecer a la potencia atlántica. El conflicto de 1982 mostró que la causa Malvinas no podía ser reducida ni a un acto heroico aislado ni a una mera improvisación de la Junta, sino que estuvo inserta en una trama de larga duración donde soberanía, recursos, geopolítica y proyección antártica aparecían íntimamente unidas. La Argentina actuó en un escenario que creyó controlable, pero Londres supo transformar la crisis en una restauración de su autoridad militar y diplomática sobre el Atlántico Sur. Por eso, la gran enseñanza que deja Malvinas es que la soberanía no se defiende solo con valor ni con gestos simbólicos: exige conducción política lúcida, estrategia de largo plazo, inteligencia propia y capacidad nacional suficiente para sostener, en el tiempo, lo que se decide disputar. De lo contrario, la recuperación puede volverse apenas un instante épico antes de convertirse en una derrota funcional a los intereses de la potencia que se pretendía enfrentar.

Glosario mínimo de términos
BrinkmanshipEstrategia de crisis en la que los actores empujan la situacion al borde de la guerra para forzar concesiones sin desear necesariamente el combate abierto.
COMINTSubcampo de SIGINT referido especificamente a la intercepcion y analisis de comunicaciones.
DisuasionIntento de impedir una accion adversaria mediante la amenaza creible de costos politicos o militares.
Hecho consumadoDecision politica o militar tomada para alterar la situacion antes de que el adversario pueda reaccionar eficazmente.
Jerarquizacion de inteligenciaProceso mediante el cual los datos disponibles son evaluados, priorizados y convertidos - o no - en decision politica.
Operacion JourneymanDespliegue naval britanico secreto de 1977 para disuadir una posible escalada argentina en el Atlantico Sur.
Operacion RosarioNombre oficial de la operacion argentina del 2 de abril de 1982 para ocupar las Islas Malvinas.
Trident II D5Sistema de misiles balisticos lanzados desde submarinos adquirido por el Reino Unido a Estados Unidos en 1982.
Siglas y abreviaturas
ARA · Armada de la Republica Argentina
BND · Bundesnachrichtendienst
CIA · Central Intelligence Agency
ERP · Ejercito Revolucionario del Pueblo
ESMA · Escuela de Mecanica de la Armada
GCHQ · Government Communications Headquarters
MI6 / SIS · Secret Intelligence Service
SIGINT · Signals Intelligence
Documentos y enlaces clave

© 2026 Observatorio de Soberanía Argentina Gral. Jorge Edgar Leal

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