Soberanía · Memoria · Territorio

Malvinas: la entrega no se discute, se denuncia

Cuando la política abandona la defensa de la Patria, la soberanía deja de ser una consigna y se convierte en una obligación popular.

por Juan Vera
Territorio Malvinas no es una postal: es mar, plataforma, pesca, Antártida y geopolítica.
Constitución La Disposición Transitoria Primera fija un mandato nacional irrenunciable.
Pueblo La soberanía no se delega en la comodidad de los burócratas: se conoce, se defiende y se exige.

Cuando el Congreso Nacional deja de ser la caja de resonancia del poder delegado por el soberano y se convierte en la escribanía obediente del primer mandatario, no estamos ante una simple diferencia política. Estamos ante una degradación institucional. Y cuando esa degradación toca la integridad territorial argentina, el problema ya no es administrativo: es histórico, constitucional y patriótico.

La soberanía no es una palabra decorativa para discursos escolares. La soberanía se ejerce, se defiende y se banca. Ser soberano es decidir sobre lo propio. Es no pedir permiso para existir. Es no aceptar que una potencia colonial administre, explote o condicione nuestros mares, nuestras islas, nuestros recursos, nuestra Antártida y nuestra memoria.

La Patria no se administra como una sucursal. La Patria se defiende como una herencia común.

El mapa de la Provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur no nació de una ocurrencia. La provincialización fue consagrada por la Ley 23.775, sancionada en 1990, cuyo artículo primero declaró provincia al entonces Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.

Luego de los bochornosos entendimientos de Madrid, el Congreso Nacional votó esa ley. Y allí aparece una contradicción política de enorme gravedad: mientras las Declaraciones Conjuntas abrían una etapa de pretendida normalización con el Reino Unido, la ley de provincialización reafirmaba un diseño territorial argentino que no podía ser licuado por fórmulas diplomáticas ambiguas.

La entrega nunca se hace de una sola vez. Se hace por etapas. Se hace con palabras suaves, con tecnicismos, con “cooperación”, con “diálogo”, con “normalización”, con leyes, comunicados y silencios. La Ley 23.968, referida a los espacios marítimos argentinos, fue presentada en el marco de una arquitectura jurídica que terminó siendo leída, por muchos sectores soberanistas, como funcional a una política de resignación frente a los intereses británicos.

La Constitución habló donde la política quiso callar

En el Pacto de Olivos no se colocó a Malvinas en el centro de la escena. Sin embargo, los convencionales constituyentes, en ejercicio legítimo del poder delegado por el pueblo argentino, decidieron fijar un límite histórico. La Constitución Nacional incorporó la Disposición Transitoria Primera, que ratifica la legítima e imprescriptible soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes.

Esa cláusula no es una frase protocolar. Es una orden política superior. Es un mandato constitucional. Es la forma en que la Nación le dijo a todos los gobiernos presentes y futuros: Malvinas no se entrega, no se olvida, no se relativiza y no se negocia contra la integridad territorial argentina.

Malvinas no es nostalgia. Malvinas es soberanía material.

Hoy, décadas después de la provincialización y de la reforma constitucional de 1994, seguimos atravesados por leyes, declaraciones, comunicados y convenios que comprometen la posición argentina o, cuanto menos, generan un terreno diplomático cómodo para el ocupante. Podrán llamarlo pragmatismo. Podrán llamarlo realismo. Podrán llamarlo inserción internacional. Nosotros lo llamamos resignación colonial.

Las Declaraciones Conjuntas de Madrid de 1989 y 1990 abrieron una etapa que debe ser revisada con crudeza política. No fueron apenas documentos diplomáticos. Fueron el inicio de una arquitectura de relación bilateral que buscó encauzar el vínculo con el Reino Unido bajo una fórmula de soberanía, pero dejando intacta la ocupación colonial.

Y mientras el invasor colonial mantiene presencia sobre territorios australes y proyección sobre espacios marítimos vitales, buena parte de la dirigencia nacional entretiene al pueblo con peleas menores, internas miserables, escándalos de cabotaje y debates fabricados. Nos quieren mirando el ruido mientras el saqueo continúa.

El poder blando también ocupa

El colonialismo moderno no siempre entra con botas. A veces entra con comunicados conjuntos, seminarios, cooperación pesquera, vuelos, inversiones, gestos diplomáticos y lenguaje anestesiado. No necesita bombardear cuando logra colonizar ministerios, cancillerías, universidades, redacciones y cabezas.

El Comunicado Foradori-Duncan de 2016 volvió a mostrar una matriz peligrosa: la idea de avanzar en cooperación con el Reino Unido sobre áreas sensibles del Atlántico Sur bajo fórmulas que, aunque declamen no modificar posiciones de soberanía, terminan generando hechos políticos de enorme impacto.

En la misma línea de preocupación se inscribe la reunión Mondino-Lammy de 2024, informada oficialmente por Cancillería, donde se habló de una agenda amplia de cooperación en el Atlántico Sur y de medidas bajo fórmula de soberanía tendientes a fortalecer vínculos entre las islas y el continente. Esa comunicación puede consultarse en el sitio oficial de la Cancillería argentina: Comunicado Mondino-Lammy.

El problema no es solamente jurídico. Es político. Es simbólico. Es cultural. Cada vez que naturalizamos la presencia británica en el Atlántico Sur, cada vez que llamamos “cooperación” a lo que debería ser reclamo soberano firme, cada vez que confundimos prudencia diplomática con obediencia colonial, retrocedemos.

El colonialismo no se maquilla: se termina

La ocupación británica de 1833 no fue un malentendido. Fue un acto colonial. Fue una agresión contra una Nación cuya independencia ya había sido reconocida. Fue una violación histórica de la palabra empeñada y una ruptura brutal de la integridad territorial argentina.

La comunidad internacional fijó principios claros contra el colonialismo. La Resolución 1514 de Naciones Unidas afirmó que la sujeción de los pueblos a dominación extranjera constituye una negación de derechos humanos fundamentales y reconoció el derecho de los pueblos a determinar libremente su condición política y su desarrollo económico, social y cultural.

Por eso resulta amargo ver a propios buscando atajos discursivos para justificar la continuidad de la ocupación. Duele escuchar tecnicismos que funcionan como excusas. Indigna ver cómo algunos transforman la prudencia en claudicación y la diplomacia en anestesia nacional.

Malvinas no es solamente una causa de veteranos. No es solamente una fecha escolar. No es solamente una bandera cada 2 de abril. Malvinas es territorio, mar, petróleo, pesca, Antártida, defensa nacional, industria, memoria, geopolítica y futuro económico.

Una política soberana exige decisiones

Creemos y militamos por la recuperación plena de la integridad territorial heredada el 25 de Mayo de 1810. Reclamamos todos los territorios heredados y todos aquellos ocupados por la Nación desde los albores de la Patria. No por nostalgia. No por romanticismo. Por derecho, por historia, por Constitución y por dignidad nacional.

Por eso, una política nacional verdaderamente soberana debe asumir un camino claro:

  • Desechar políticamente las Declaraciones Conjuntas de Madrid de 1989 y 1990.
  • Revisar toda norma, convenio o política pública que haya sostenido, suavizado o perfeccionado una lógica de subordinación en el Atlántico Sur.
  • Rechazar los comunicados conjuntos que, bajo apariencia de cooperación, debiliten el reclamo soberano argentino.
  • Recuperar el espíritu soberano de la Ley 17.094 y de la Ley 23.775, o promover una nueva ley que las contenga expresamente dentro del mandato de la Disposición Transitoria Primera.
  • Promover el conocimiento popular del estado real de la cuestión Malvinas, porque ningún pueblo defiende lo que no conoce.
  • Plebiscitar una propuesta nacional de soberanía para que hable el pueblo argentino y no solamente las élites diplomáticas de turno.

Porque el pueblo debe saber de qué se trata. Debe saber que Malvinas no es un asunto congelado en los manuales. Debe saber que la soberanía se pierde cuando se la deja en manos de quienes prefieren quedar bien con el poder extranjero antes que incomodar al colonialismo.

Por respeto a nuestra independencia.

Por respeto a nuestra libertad.

Por respeto a nuestra integridad territorial.

Por respeto a los caídos, a los combatientes y a las generaciones que vienen.

¡Devuelvan Malvinas!

Fuentes consultadas:

Ley 23.775 - Provincialización de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur

Ley 23.968 - Espacios marítimos argentinos

Constitución Nacional Argentina - Infoleg

Cancillería Argentina - Conversaciones y entendimientos bilaterales con el Reino Unido

Comunicado Foradori-Duncan - Cancillería Argentina

Comunicado Mondino-Lammy - Cancillería Argentina

Resolución 1514 de Naciones Unidas - Declaración sobre la concesión de independencia a los países y pueblos coloniales